Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Una mina
TRIBUNA
En tiempos de brotes, epidemias y pandemias existe una obsesión por el encontrar al primer culpable. Pero, lejos de esta imprecisa apreciación, lo cierto es que en todo estos casos los esfuerzos de los epidemiólogos se centran en conocer cuál fue el inicio del problema, cómo se ha podido extender la infección e identificar a los posibles contactos de los contagiados, para establecer las medidas preventivas más adecuadas para el control de la transmisión.
En la procura del paciente cero, técnicamente el caso inicial auténtico. se ponen en marcha auténticas investigaciones detectivescas. Recientemente ha ocurrido con el sida, el ébola, el covid-19 y ahora con el brote de hantavirus relacionado con el crucero MV Hondius. La Organización Mundial de la Salud (OMS) debe liderar estas investigaciones que han provocado varias muertes y contagios relacionados con viajeros que recorrieron Chile, Argentina y Uruguay hace apenas unas semanas.
Intentando aprender del pasado, sabemos que el sida se inició con un mito, cuyo protagonista fue el auxiliar de vuelo canadiense Gaëtan Dugas, durante décadas identificado injustamente como el desventurado paciente cero y el símbolo macabro de aquella pandemia. En su caso, el error fue doble: primero, porque se confundió la letra “O” de Outside California con el número 0. Y en segundo lugar, porque la ciencia terminó por demostrar que el virus circulaba por la comunidad mucho antes de que Dugas se hubiera contagiado con el VIH.
Pero aunque pueda parecerlo, las epidemias no funcionan como novelas policiales. Antes de ser detectados, los virus se diseminan en silencio. Y cuando aparece el primer enfermo, probablemente existan ya varios contagios invisibles previos.
Con el covid-19 aconteció una historia semejante. Desde Wuhan hasta los laboratorios, pasando por los mercados de animales e infinidad de teorías conspirativas, el planeta entero se obsesionó con encontrar el origen exacto del coronavirus SARS-CoV-2. Se buscaron fechas, personas, responsables.
Pero aunque pueda parecerlo, las epidemias no funcionan como novelas policiales. Antes de ser detectados, los virus se diseminan en silencio. Y cuando aparece el primer enfermo, probablemente existan ya varios contagios invisibles previos. Porque la última pandemia demostró que las fronteras no son más que humanas ilusiones.
Ahora, con la cepa Andes del hantavirus, nos toca revivir la misma angustia psicológica. Desde la OMS intentan reconstruir el recorrido de la pareja neerlandesa que durante semanas viajó por recónditas zonas rurales sudamericanas antes de subirse a bordo del lujoso crucero en Ushuaia, la ciudad más austral del mundo, en plena Tierra del Fuego argentina.
Aún así, los expertos nos advierten que encontrar al caso inicial auténtico raramente evita el siguiente brote. Su detección sirve para convertir complejos fenómenos biológicos en relatos sociales comprensibles.Propongo centrase más en localizar a los pasajeros que se bajaron del MV Hondius en la isla de Santa Elena y en los posibles contactos de la segunda víctima mortal que viajó enferma en avión a Sudáfrica.
Toca aprender la lección: La historia nos enseña que las epidemias se diseminan por diversos factores, desde la movilidad poblacional y los cambios climáticos, hasta la presión ecológica, las deficiencias sanitarias y los fallos en la vigilancia epidemiológica.
En lugar de obsesionarnos en cómo empezó todo deberíamos preocuparnos en por qué todavía seguimos llegando tarde.
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