Ceuta y Melilla: una visión liberal

Publicado: 14 ago 2026 - 01:10
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En España, casi todas las corrientes ideológicas defienden por diversos motivos la españolidad de Ceuta y Melilla. La posición liberal también lo hace, pero desde una perspectiva diferente. Si para los conservadores lo que cuenta es la posesión continuada de las dos ciudades durante muchos siglos, los liberales no le damos importancia al aspecto histórico ni en el caso de estas dos ciudades ni en el de Gibraltar, las Islas Falkland, el Sáhara Occidental o cualquier otro. Para nosotros, siguiendo las enseñanzas de Ludwig von Mises, el criterio que debe prevalecer es siempre la voluntad de la población presente. Sólo si el territorio en disputa está deshabitado cabe tomar en consideración otros argumentos. La existencia continuada de población, digamos que durante al menos una o dos generaciones, genera un derecho, no a favor del Estado que ejerce soberanía, sino a favor de esa población. En su famoso libro “Liberalismo” de 1919, y después a lo largo de toda su obra, el ilustre economista y pensador austriaco fue clarísimo respecto al derecho de la población local a decidir su adscripción política estatal. Mises habla de “habitantes” evitando expresamente conceptos colectivistas como “pueblo”, y niega al constructo “nación” la capacidad de imponer su voluntad a la gente de un territorio. Incluso afirma que esa nación no puede “decirle a una provincia: me perteneces”. Por ello, por ejemplo, carece de razón el nacionalismo serbio cuando reivindica Kosovo porque hace varios siglos fue la “cuna” de su cultura y ocurrió allí una importante batalla: lo que cuenta es la voluntad actual de los kosovares presentes. Y, si esa es la posición del insigne liberal respecto a territorios adyacentes (como los integrados en el Imperio Austro-Húngaro en la juventud del autor), mucho más aplicable resulta, aún, a los territorios coloniales.

Existe una gran falsedad propagada interesadamente durante decenios o siglos por los Estados que reivindican un territorio bajo control de otro Estado. Esa falsedad, en la que han incurrido China, Guatemala, España, Argentina, Venezuela o Marruecos, entre otros, sostiene que lo importante cuando persiste una situación colonial es deshacerla mediante acuerdos de reintegración territorial entre Estados, por encima o al margen de la voluntad de la población. Para los liberales esto no es así. Como individualistas, creemos ante todo en los derechos de la persona. Algunos de esos derechos, por motivos de materialidad física, sólo pueden ejercerse en grupo, pero ello no elimina su pertenencia a cada ser humano. El derecho de autodeterminación es uno de ellos. No se descoloniza territorios, sino “pueblos coloniales” en la jerga de los organismos de las Naciones Unidas (Comité de los Veinticuatro y Cuarta Comisión).

Esos organismos y el Derecho Internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial protegen a esos “pueblos coloniales” (los “habitantes” de Mises) frente a la opresión de la potencia colonial y frente a cualquier reivindicación de un tercer país. Por eso fue absolutamente ilegal la entrega del Sáhara Occidental a Marruecos, y por eso actuó correctamente Portugal al perseguir contra viento y marea, y finalmente lograr, la emancipación política de Timor Oriental, su colonia invadida por Indonesia. Una potencia colonial se debe a la población de su colonia, aunque ello le acarree un conflicto con el vecino reclamante.

Se descoloniza personas, no hectáreas. España debió oponerse físicamente a la Marcha Verde en defensa de nuestros ciudadanos saharauis, y fue una infamia firmar la entrega del territorio. Similar crimen comentió Londres al entregar Hong Kong. España no puede entregar Ceuta ni Melilla, no porque “son españolas” sino porque su población es firmemente partidaria de continuar como ciudades autónomas integradas en España. Si dentro de cien años esa voluntad cambia, se abrirá otro escenario. Pero hoy por hoy Ceuta y Melilla, es decir, los ceutíes y los melilleneses, han hablado de sobra y han dejado meridianamente clara su voluntad, que Madrid sólo puede y debe acatar. Cuánto daño, por cierto, ha hecho siempre a esas dos poblaciones nuestra absurda reivindicación territorial contra los gibraltareños, tan similar en el fondo a la injusta reclamación marroquí sobre las dos ciudades norteafricanas.

Tiene razón el presidente ceutí Vivas cuando pide solidaridad al resto de España. Ceutíes y melillenses no tienen por qué soportar solos la peculiaridad de esas fronteras. Durante muchas décadas, la política exterior española ha sido ingenua y temerosa frente a Marruecos. El resultado fue, durante el franquismo, realizar hasta seis entregas territoriales al nuevo Estado marroquí impulsado por Francia. La última, la del Sáhara, dobló su territorio. Y ya en democracia, hemos seguido siendo débiles ante infinidad de cuestiones, desde las zonas de exclusión marítima hasta los tráficos ilícitos y desde el suministro de gas argelino hasta el uso de la válvula migratoria por parte de Rabat. La élite marroquí está muy crecida por el apoyo de Trump y ve una oportunidad histórica. Debemos frustrarla.

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