Chito Rivas
PINGAS DE ORBALLO
Un libro, unha eclipse e 521 anos
PENSAR POR PENSAR
Pasó el eclipse de Sol del día 12 y el verano sigue a la caza del mito que reza: “El quince de agosto refresca el rostro” para alivio de una climatología tan de excepción como ese eclipse. Para mí la cópula de los amantes Sol y Luna tan cantados en las coplas pasó desapercibida ya que estoy en el sur y de Madrid abajo, no obstante de las reivindicaciones de Isabel Díaz Ayuso contra el servicio meteorológico de Sánchez, no nos ha estado permitido apreciar el fenómeno con la debida oscuridad. Sin embargo el asunto ha despertado mi curiosidad como acontecimiento más turístico que científico. Ha sido sorprendente la histeria viajera desatada para encontrar una atalaya desde la que asistir al espectáculo. Amantes de observar el cielo o de hacerse un selfie durante el instante han pagado más de mil euros por un balcón o un hueco en una terraza después de recorrer cientos de kilómetros y poner velas a la virgen de la Cueva o llevar huevos a santa Clara para que las nubes no cubrieran su campo de visión. Se dice que el fenómeno ha aportado a la economía nacional más de quinientos millones de euros. Capitalismo en estado puro. ¡Un disparate!
Sí, los disparates han sido muchos pero sin duda la turistificación deberemos recogerla en los anales de la historia como el principal. Cierto que el ser humano es el único animal que mira al cielo, cuenta estrellas y se siente pequeño y abandonado en medio del Universo mientras que el resto de las especies sólo se alteran y siente temor ante los aspectos extraordinarios de la Naturaleza, pero no miran al cielo. Tenemos ese privilegio por el cual desde la antigüedad hemos transformado la meteorología en sentimientos religiosos, mitológicos, mágicos, literarios, regidores de la existencia… hasta llegar a este punto en el que la ciencia ha desmentido todas las supersticiones, religiosas y profanas. ¿Qué nos queda? Hacer turismo para observar la noche sobrevenida con riesgo para la vista y errores fotográficos durante pocos segundos aunque el trayecto de la sombra nocturna, que comenzó en el mar de Bering y finalizó en el océano Atlántico, duró unos 264 minutos, esto es, unas cuatro horas y media. Parece que los cálculos se han cumplido y los científicos se han sentado a analizar los resultados de sus observaciones que, a buen seguro, veremos traducidos y divulgados en publicaciones serias como hizo Einstein tras el eclipse de 1919.
En el pasado los astrólogos, astrónomos y literatos utilizaron coincidencias similares para temor o gloria de la Humanidad. Estos días en los que andamos con la Odisea en la pupila o bajo el brazo he recordado que hasta Homero cita un eclipse en relación con la caída de Troya pero si hacemos turismo por las páginas de clásicos y contemporáneos nos sorprenderán los mil modos de ver y vivir tanto los eclipses como los movimientos excepcionales del Sol. Nos ilustraremos con aquellos personajes, como el propio Colón para conseguir alimentos de los indígenas, quienes los utilizaron haciéndose pasar por dioses frente a la proverbial ignorancia de los pueblos. A unos kilómetros de este lugar donde estoy, en el siglo XIII Pelay Pérez Correa capitán de las tropas de Fernando III, el presunto santo, mandó detenerse al Sol para ganar la batalla que mantenía contra los moros. Al grito de “Santa María detén tu día” el astro se detuvo y los árabes aterrorizados huyeron monte abajo. Pelay, a quien ya se la habían aparecido diversas vírgenes en el camino, mandó levantar una ermita en el lugar, hoy convertida en el monasterio de Tentudía para mayor gloria del turismo. Naturalmente.
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