Pilar Falcón
DÍAS Y COPLAS
Febrero, el coreógrafo breve
Me cansé de buscar, así que voy a tirar por la calle del medio. La película “As bestas” habría recaudado alrededor de cuatro millones de euros hasta el pasado mes de enero. Se presupone que, después de ser la producción con más nominaciones y ganadora del premio a la mejor película en los Premios Goya que se celebró este sábado, la recaudación experimentará mayores incrementos. Tuvo un presupuesto de tres millones y medio, con lo cual, puede decirse que la respuesta del público en la taquilla ha costeado la producción. Bien es cierto que solo el Ministerio de Cultura le otorgó ayudas por valor de un millón de euros aunque, también es justo reconocer, el público respondió razonablemente bien a la propuesta del cineasta Rodrigo Sorogoyen.
Viene al caso esto por la polémica que se genera cada año por las subvenciones al cine español, normalmente coincidente con la celebración de la gala de los Goya. Es el Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales el organismo que reparte estas ayudas y que fundamenta, básicamente, sobre dos pilares: que el proyecto sea “viable” (que tenga asegurada parte de la financiación y que sus responsables acrediten cierta trayectoria) y que guarde cierta “relevancia social” (cuotas de minorías, lenguas cooficiales…) Los argumentos de quienes fomentan tal polémica se basan en la propia perversidad del sistema de subvenciones y en que los profesionales del sector audiovisual funcionan como lobby ideológico. Ambas cosas son ciertas.
Por un lado, sobre la agenda de distribución de las subvenciones siempre planea la sombra de la corrupción. No se trata de una corrupción al uso, sino una amparada por la legalidad aparente y un marco normativo vigente. La discrecionalidad utilizada por el burócrata nunca es inocente. Si se utilizan los anuncios políticos (subida de pensiones, inversiones…) mirando descaradamente el calendario electoral, ¿quién va a creerse que alguien pueda otorgar subvenciones a industrias, colectivos y lobbys sin idéntico propósito? ¿No es esto una apropiación descarada de fondos públicos con intereses particulares?
Por otra parte, los profesionales del sector se lo creen. Saben que son un colectivo “cool”, influyente y poderoso. No dudan en manifestarse permanentemente para utilizar la coacción al Estado en su privativo interés. Instrumentalizando la vuelta de Franco, de la guerra, del deterioro de la sanidad y derechos civiles… piden menos IVA solo para ellos, más ayudas, más subvenciones. Y los Gobiernos siempre responden favorablemente a los lobbys influyentes. ¡Señor! líbrenos de todo mal y de todo lobby.
Que disfruten con salud de lo votado.
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