La clonación humana ya está aquí

Publicado: 27 feb 2026 - 02:05
La clonación humana ya está aquí.
La clonación humana ya está aquí. | José Paz

No se puede retroceder ante los dilemas que plantea el progreso biotecnológico, ni mirar a otro lado. La clonación humana instrumental -esto es, la generación de tejidos, órganos o incluso cuerpos completos con fines terapéuticos para una persona ya existente- incomoda y despierta intuiciones morales poderosas. Pero ya está aquí. ¿Qué hacemos? La ética no se construye sobre intuiciones sino sobre principios. Y el esencial es la soberanía de cada ser humano sobre su propio cuerpo. El individuo es autopropietario. De ese principio se derivan derechos que pueden resultar dramáticos: la automutilación, el suicidio, la donación o incluso la venta de partes del propio cuerpo, la aceptación de trabajos peligrosos (desde la carga de peso a la prestación de servicios sexuales), la práctica de deportes de alto riesgo o el ejercicio de actividades que deterioran la salud. Si el cuerpo es tuyo, y sólo tuyo, nadie puede legítimamente obligarte a usarlo de determinada manera ni prohibirte disponer de él como quieras mientras no dañes a terceros. Bajo esa lógica, el ADN de una persona es también propiedad suya. La posibilidad de “copiar” su código genético para producir tejidos compatibles, órganos de recambio o incluso un cuerpo biológico completo al que trasladarse no vulnera derechos ajenos. Prohibirlo sería una forma de paternalismo biopolítico incompatible con el ideal de libertad y autonomía de la persona.

Si la clonación generara una nueva mente humana consciente y autoconsciente, con capacidad de sentir y pensar, estaremos ante un sujeto de derechos pleno

El impedimento ético, desde una posición rigurosamente moderna, ilustrada, liberal, sólo aparece si en el proceso surge una nueva persona. Si la clonación generara una nueva mente humana consciente y autoconsciente, con capacidad de sentir y pensar, estaremos ante un sujeto de derechos pleno. Instrumentalizarlo, extraerle órganos o destruirlo sería tan criminal como hacerlo con cualquier otro individuo. Una mente nueva, es una persona nueva. Un conjunto de órganos y tejidos o un cuerpo completo sin actividad cerebral presente ni pasada (con cerebro virgen) no lo es. Decirlo no es una excentricidad teórica. Buena parte del debate contemporáneo en bioética -desde los trabajos de Derek Parfit hasta las eternas discusiones sobre la muerte cerebral y el estado vegetativo- reconoce que lo que define a la persona no es meramente la posesión de ADN humano, sino la existencia de actividad cerebral integrada que sustente experiencias conscientes. El Derecho ya opera con este criterio cuando define la muerte en términos neurológicos. Si aceptamos que una persona deja de serlo cuando cesa irreversiblemente su actividad cerebral superior, también debemos aceptar que no toda entidad biológica humana es todavía una persona. Un clon podría tener treinta años y ser un traje sin mente conservado en una cápsula hasta el momento de poblarlo o de usar su material biológico para transplantárselo al humano original. No sería sujeto de derechos. Por tanto, el problema jurídico y científico no es la clonación en sí, sino garantizar que las clonaciones instrumentales humanas no desarrollen, bajo ningún concepto, actividad cerebral cognitiva, de ninguna natrualeza. Un cuerpo biológico meramente funcional, sin consciencia ni capacidad de sentir, sería éticamente equiparable a un conjunto avanzado de tejidos orgánicos. Si se puede cultivar un hígado o unos riñones, igual de lícito será cultivar el conjunto como reemplazo futuro, por partes o completo. Si mi vida depende de un trasplante y ese órgano puede generarse a partir de mi propio material genético sin crear una mente independiente, ¿quién tiene legitimidad para impedírmelo? Desde luego, no el Estado, ni una mayoría moralista de la sociedad. Además, la clonación instrumental puede orientarse a fines claramente benéficos. Pensemos en los padres que buscan generar tejidos compatibles para salvar la vida de un hijo gravemente enfermo, o en personas que desean asegurarse una reserva orgánica ante enfermedades degenerativas habituales en su familia.

Quienes rechazan de plano la clonación instrumental suelen deslizar un temor: la cosificación del ser humano. Pero ese riesgo aparece sólo si surge una mente nueva que, obviamente, sería propietaria del cuerpo que habitara. La ética clásica, desde Kant hasta el contractualismo, prohíbe instrumentalizar a las personas precisamente porque son fines en sí mismas. Por ende, si no hay persona no hay cosificación. Confundir tejido biológico con sujeto moral es un error conceptual derivado de la apariencia visual. Ya ponían pegas parecidas algunos moralistas cuando se desarrolló el transplante de órganos, sobre todo el de corazón. El mundo moderno, afortunadamente, ha situado al individuo en el centro, por encima de la tradición, la religión o el Estado. Si aceptamos la soberanía corporal en todos los demás ámbitos -desde la cirugía estética hasta la reproducción asistida- no podemos trazar una línea arbitraria justo cuando la tecnología permite ampliar radicalmente la autonomía vital. Hayek nos invitó a ser intelectualmente valientes ante la innovación. Y eso exige defender la libertad también cuando molesta a los moralistas.

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