Fernando Ramos
Todavía queda mucho por saber del 23-F
La parcial liberación de la documentación secreta del intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 es, sin la menor duda, un hecho relevante, aunque quedan pendientes del conocimiento público de otros muchos elementos del conjunto y, sobre todo, que lleguemos algún día a conocer el alcanza de lo que se llamó la trama civil del golpe y el verdadero alcance de otros militares implicados. Incluso, alguno de ellos, ya impune, presumió de ello. También es cierto que al centrar la opinión pública y los medios en esta desclasificación se desvía la atención sobre otra serie de sucesos que presionan al Gobierno y sus responsabilidades en otros acontecimientos presentes. Es una cuestión de libro, como nos enseña Chomsky que, cuando la actualidad acosa al Gobierno éste debe tratar de desviar la atención del modo que sea.
Hay un dato muy relevante que conviene recordar ahora. El propio Carrillo haría revelación menos conocida, que, tras el intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981, en el atardecer del día 24, cuando el Rey se reunió con los líderes políticos, hubo un acuerdo tácito para procesar solamente a un grupo limitado de mandos con la responsabilidad más aparente. “Se tenía conciencia de que en ese momento el sistema democrático no era bastante fuerte para encajar un proceso contra todos los que, de una manera u otra, militares o civiles, habían estado implicados en la conspiración. Al aceptar ese acuerdo tácito no es que los líderes fuéramos débiles; lo era el sistema democrático que estaba dando sus primeros pasos, caminando por el filo de una navaja. Fuimos simplemente realistas e hicimos lo que en ese momento era más útil para la continuidad del proceso de asentamiento de la democracia”, dijo Carrillo.
Lo que ya se sabía y ahora se confirma es la implicación en la trama o la pasividad ante su conocimiento de elementos del mismísimo CESID que quedaron asombrosamente impunes. Hace unos años el otro gran protagonista de aquella jornada, el director general de la Seguridad del Estado Francisco Laína, el hombre que ejerció de presidente en funciones durante las 18 interminables horas de ocupación del Congreso de los Diputados, concedió una entrevista reveladora al diario El País, que destacaba que era uno de los pocos protagonistas vivos que podían arrojar luz sobre el episodio, ya que el presidente Suárez estaba aquejado de alzhéimer. Laína revela el desencuentro del rey con éste y su deseo de que fuera revelado. En cuanto a la trama civil, la componían, según este hombre clave, excombatientes, falangistas, algunos empresarios. Entre las más inquietantes revelaciones de Laína destaca que “A Aramburu Topete le pregunté si podía contar con la Guardia Civil. Dijo: ‘Conmigo sí pero no sé si obedecerán mis órdenes”.
En las propias memorias del general Manglano se cita el deterioro de las relaciones entre Suárez y el Rey, y lo que éste decía del presidente del Gobierno
Las revelaciones de Laína confirmaron que el propio rey propició el ambiente de crítica a Suárez y a contribuir al clima que acabó en el 23-F. A él le correspondió entregar personalmente a Suárez un informe confidencial elaborado por los servicios de información policiales. En el documento, de dos folios, se indicaba que el Rey no se recataba en criticar duramente al presidente Suárez en sus conversaciones con personas y ambientes muy diversos. Se añadía que el monarca expresaba abiertamente su disconformidad con decisiones adoptadas por Suárez y planteaba la conveniencia de un posible relevo del presidente. También se daba cuenta de una comida que el general Alfonso Armada, gobernador militar de Lleida y antiguo preceptor del rey, había mantenido con el responsable de asuntos de Defensa del PSOE y número tres de ese partido, Enrique Múgica, en la casa del alcalde de esa capital, Antoni Siurana.
En las propias memorias del general Manglano se cita el deterioro de las relaciones entre Suárez y el Rey, y lo que éste decía del presidente del Gobierno. Suárez al salir del Congreso se enteró de que quien había negociado la rendición de Tejero había sido el general Armada. Éste era considerado por Suárez como un conspirador y un adversario de la democracia y por eso siempre se había negado a colocarle en un puesto militar importante. Pero lo del “pacto del capot” le confundió y al ir a ver al rey se excusó por haber tenido una opinión equivocada del general: “No te equivocaste –le contestó el rey-. Armada era el jefe de la conjura”.
En el primer epílogo de su libro exculpatorio “Al Servicio de la Corona”, el exgeneral Alfonso Armada escribe: “La verdad es que estuve toda la noche tratando de sofocar la revuelta y no hice nada sin conocimiento y autorización superior. Me llena de indignación que piensen que he sido desleal al rey. ¡Desleal yo al rey! Nada más incierto. En mi última visita el 13 del mes pasado, en La Zarzuela, ya le dije que había descontento en el Ejército. No pude hablar del golpe del teniente coronel Tejero porque no sabía nada de él. Conté a su majestad todo cuanto yo sabía. Lo mismo hice con el teniente general Gutiérrez Mellado. Nunca he ocultado nada a mis superiores”.
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