Chito Rivas
Límite: 48 horas
Era el 9 de noviembre de 1989, los medios de comunicación llevaban dos días absorbidos por una noticia de gran trascendencia: el imperio soviético se derrumbaba como un castillo de naipes, el Muro de Berlín, símbolo de la dicotomía socialismo–capitalismo, caía sin que nadie, ni nada pudiesen evitarlo. El denominado “Socialismo Real” era el objetivo de millones de hombres y mujeres que sacrificaron su vida para alcanzar un mundo sin explotadores y en el que todos disfrutarían de los derechos sociales en libertad y democracia. La caída del “Muro” simbolizaba el fracaso del Estado intervencionista puesto de manifiesto en la colectivización (proceso económico y social de transformar la propiedad privada en propiedad colectiva gestionada por el Estado eliminando todo control individual). Ese modelo de gestión había fracasado, era una quimera, un engaño, una farsa… El Hombre nuevo no existía; los 75 años de gestión de partido único (PCUS) habían sido insuficientes para conseguir desterrar la entropía que surgió del enfrentamiento con el poderoso poder económico de las potencias capitalistas. Y una realidad demoledora se presentó ante los ojos de los que habíamos idolatrado “al país de la clase obrera”: la ambición, los integrismos nacionalista y religioso, los privilegios de la clase dirigente, la represión de las libertades, la alienación de las masas, el culto al líder y la creencia en “verdades absolutas”, todo ello se hacía presente ante la humanidad.
Amparados por el poder militar y económico que representa Donald Trump, los dueños de las redes planifican la conquista de los cerebros de los humanos, dirigiéndose sobre todo a los más jóvenes
Pero el capitalismo liberal, a pesar de haber ganado la Guerra Fría, no se consolida como garante de solución de los graves problemas que surgen de una sociedad cada vez más desigual, desconectada de la vida pública, generando una profunda apatía y una creciente desafección. Para lograr sostener la cohesión social, las estructuras de poder abren un proceso de atomización que conduce a la disolución del individuo dentro de la masa. Terreno abonado para una nueva forma de Totalitarismo: “El capitalismo salvaje con ramificaciones neofascistas y raíces populistas”. Para conseguirlo la soledad se configura con el aislamiento del pensamiento individual; un nuevo mundo donde las emociones y los sentimientos estén controlados por una minoría selecta, que impone sus normas sin que nadie las cuestione, preferentemente manipulando algoritmos en las redes sociales, fácilmente asimilables por ávidos consumidores de la “droga de la realidad virtual”.
Amparados por el poder militar y económico que representa Donald Trump, los dueños de las redes planifican la conquista de los cerebros de los humanos, dirigiéndose sobre todo a los más jóvenes. Ante la impunidad que les da el poder, pocos son los representantes de los países que se oponen abiertamente a que nadie controle a sus ciudadanos. El Presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, inicia un movimiento dirigido a controlar el complejo mundo de redes sociales: es el primer intento democrático destinado a someter a las plataformas digitales al imperio de la ley. La respuesta contundente de los “amos de los logaritmos” no se hace esperar: Pável Dúrov y Elon Musk (Gigantes de las redes) declaran la guerra al osado líder socialista, acusándolo de atentar contra la libertad y la democracia. Con una hipocresía inmoral, Dúrov y Musk reconfiguran la mentira como resistencia y la distorsión como libertad de expresión. El nuevo TOTALITARISMO está sobre la mesa.
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