Codos arriba, Canadá

Publicado: 28 ago 2026 - 04:10
Opinión en La Región
Opinión en La Región | La Región

La nueva guerra comercial entre Estados Unidos y Canadá confirma hasta qué punto el trumpismo ha convertido la política económica en una prolongación del nacionalismo identitario. Desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, Washington ha impuesto sucesivamente aranceles del 25% a numerosos productos canadienses, del 50% al acero y al aluminio, gravámenes al automóvil y ahora nuevos recargos del 50% sobre unos veinte mil millones de dólares de exportaciones. Ottawa respondió en marzo de 2025 y vuelve a hacerlo ahora, tras el fracaso de las negociaciones, con represalias equivalentes que entrarán en vigor el 8 de septiembre. La escala del disparate se mide en una cifra: ambos países intercambian bienes y servicios por cerca de novecientos mil millones de dólares anuales. Ninguna potencia enemiga ha causado en décadas tanto daño deliberado a esa relación como el propio presidente estadounidense. Sus industrias están entrelazadas desde hace décadas, especialmente en automóvil, energía, acero y agricultura.

El Partido Liberal de Canadá es miembro pleno y fundador de la Internacional Liberal

Conviene empezar desmintiendo una bobada que se oye mucho ahora: Mark Carney no es “de izquierdas”. El Partido Liberal de Canadá es miembro pleno y fundador de la Internacional Liberal. La izquierda canadiense está representada por el NDP, partido socialdemócrata históricamente vinculado a la Internacional Socialista y hoy ubicado en el ala izquierda del espacio progresista internacional. Confundir liberalismo con izquierda sólo demuestra hasta qué punto el vocabulario político estadounidense se ha desplazado hacia el extremismo derechista. Carney está respondiendo con una serenidad que contrasta con los modales barriobajeros de Trump. El primer ministro suspendió las conversaciones después de que Washington introdujera a última hora condiciones que calificó de “injustas” y “antieconómicas”, y dejó claro que Canadá no negociará su soberanía ni la protección de la lengua francesa y de su cultura. Trump, mientras tanto, amenaza, insulta, fantasea con convertir Canadá en el estado número 51 y hasta ha jugueteado con rebautizar el lago Ontario como “Lake America”. Quizá los canadienses podrían responder reasignando a la “P” de POTUS el contenido “pedophile” en vez de “president”. Pero el conflicto lingüístico por el uso del francés en Canadá resulta especialmente revelador. A Trump y a una parte del populismo estadounidense les incomoda una Norteamérica que no sea culturalmente homogénea. Resulta difícil no recordar, en paralelo, que Puerto Rico votó en 2024 por convertirse en un estado más de la Unión, y sin embargo continúa esperando. Trump no quiere un estado latino, hispanohablante, católico… Trump quiere su propia versión “WASP” (blancos, anglosajones y protestantes) del etnocentrismo “ario” de otros tiempos y lugares. El victimismo económico del MAGA es igualmente grotesco. Canadá, Europa, Corea del Sur, Japón o Taiwán aparecen alternativamente como “parásitos”, competidores desleales o países que supuestamente han robado industrias estadounidenses. Trump llegó a acusar a Taiwán de haberse “llevado” el negocio de los semiconductores. Pero, ¿qué pretende el populismo? ¿Una economía de Estado donde el poder decida la ubicación de las empresas y castigue con aranceles a quien no obedezca? ¿Una autarquía desconectada del mundo? El proteccionismo perjudica a los Estados Unidos dos veces. Primero, por las represalias a los aranceles políticos de este demente, y porque al final, el arancel lo paga el comprador americano. Segundo, porque empobrece a sus mejores clientes: a los países con el nivel de renta necesario para comprar productos, tecnología y servicios estadounidenses. Debilitarlos para “hacer América grande otra vez” es como incendiar la tienda para aumentar las ventas.

Canadá tiene una salida clara: diversificarse. Aunque envía alrededor de tres cuartas partes de sus exportaciones al vecino desquiciado de abajo, ya está reduciendo esa dependencia excesiva con nuevos acuerdos. La UE ya es su segundo socio comercial. Ottawa y Bruselas profundizan su alianza y Canadá se convirtió este año en el primer país no europeo incorporado al instrumento europeo SAFE de cooperación industrial en defensa. La hipótesis de una integración mucho más estrecha de Canadá en el bloque europeo, aunque adopte fórmulas inéditas, resulta hoy más probable que nunca. El lema popular “elbows up, Canada” resume bien el momento: codos arriba, posición firme ante el bully. Canadá puede comprar más a Europa y al Asia democrática, y esos mercados pueden sustituir importaciones estadounidenses por canadienses. No será indoloro, pero tampoco será una catástrofe. La tragedia es para los Estados Unidos, y se llama Donald Trump. El caudillo nacionalpopulista halaga a autócratas mientras maltrata sistemáticamente a aliados democráticos. Si no es un agente de Putin, lo disimula muy bien. Washington desciende por una pendiente autoritaria y mercantilista mientras Canadá defiende el libre comercio, el pluralismo cultural, los valores ilustrados y las alianzas entre democracias. Es muy fácil escoger bando. Codos arriba, Canadá.

Contenido patrocinado

stats