HISTORIAS INCREÍBLES
Descobijados de Dios. Casi un poema
Siempre hay una gota que colma el vaso, pero muy pocas son capaces de desatar un tsunami que convulsiona la vida política, social, laboral y sería deseable que también la judicial. El desahucio de Maricarmen Abascal y su posterior muerte en el hospital en el que se encontraba ingresada desde el lanzamiento de su casa ha supuesto un revulsivo sobre el problema de la vivienda y la imposibilidad de que a muchas personas se le reconozca el derecho constitucional a una vivienda digna, como consecuencia del incremento desaforado de los precios del alquiler y de su adquisición, con la secuela de vidas truncadas con o sin desahucios propiciada por un mercado incapaz de autorregularse, lo que promociona la avaricia individual y la propia de los fondos buitres, y que ha puesto de relieve la responsabilidad de unos políticos incumplidores con sus promesas y con sus responsabilidades nacionales o autonómicas.
La consecuencia inesperada del desahucio de Maricarmen fue una movilización juvenil, como punta de lanza, que ha sacado a la calle a decenas de miles de personas que claman por una solución al problema de la vivienda, que como consecuencia de que no fueran convalidados los decretos sobre medidas urgentes para paliar el problema de la vivienda ha motivado el adelanto de las elecciones generales, que la protesta continuará con la celebración de una huelga general, que puede considerarse la primera contra el PP y Vox antes de su previsible victoria electoral, que finalmente el decreto del escudo social de la vivienda acabará aprobado por la Diputación Permanente del Congreso no sin un interesante debate jurídico-político, y por el hecho de que antes de su muerte había conseguido que los propietarios del piso que habitaba y el Ayuntamiento de Madrid se pusieran de acuerdo con ella para resolver su problema dada la presión social que sentían sobre sus cogotes, demostración de que cuando se quiere se puede.
El desahucio de Maricarmen Abascal, convertida en símbolo de la reclamación de una política de vivienda que permita el acceso a ella de quienes buscan encauzar su proyecto de vida se ha convertido en uno de los ejes de la campaña electoral ya desatada.
Una solución que podía haberse adoptado con anterioridad pero que su demora ha contribuido a que ya nadie pueda ponerse de perfil para abordar soluciones para los desahucios de personas vulnerables y sus alternativas habitacionales y ha hecho patente la imagen que devuelve el espejo cuando quien se mira ha perdido todo tipo de humanidad y empatía, sacrificada a las leyes del mercado y significada en gestos de desprecio que ni tan siquiera conceden un minuto de silencio institucional. Lógico desde su punto de vista porque han desatado una convulsión social que les pasa por encima y que beneficia a sus adversarios políticos de la que se defienden esgrimiendo la defensa de la propiedad privada sin tener en consideración que también está tiene asignada, constitucionalmente, una función social de la que se olvidan.
El desahucio de Maricarmen Abascal, convertida en símbolo de la reclamación de una política de vivienda que permita el acceso a ella de quienes buscan encauzar su proyecto de vida se ha convertido en uno de los ejes de la campaña electoral ya desatada. El Gobierno no las tiene todas consigo por los incumplimientos que trata de subsanar a última hora, pero también aquellos que han gobernado en las comunidades autónomas desde hace años, sobre todo el PP, tampoco pueden presentar una brillante hoja de servicios. Pero entre los fondos buitre y el egoísmo desaforado de pequeños tenedores y la regulación del mercado para impedir abusos la ciudadanía está la elección. Si las derechas ganan las elecciones ya no les quedará más remedio que implementar su proyecto político basado en la construcción de centenares de miles de vivienda y entonces se verá con claridad que si no lo hicieron antes fue por convivencia política, y si por el camino se desahuciaron a decenas de personas al día fue porque impidieron reformar las leyes pensando en el poder más que en las personas.
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