Evelio Traba
LEER ES UN PLACER
Crónica del perdón necesario
LEER ES UN PLACER
Leo por diversión vital y por oficio; y debo confesaros que es esta de las más dulces, a la vez que rigurosas ocupaciones que conozco. Pero no todos los libros, incluso aquellos sobre temas que prefiero y me seducen, se quedan vibrando en el terreno del después, del mismo modo. Unos colaboran con el anonimato de los días; otros conspiran contra lo ordinario y se quedan trabajando en mi inconsciente, socavándolo unas veces y alfombrándolo de jardines otras.
Sueño, y sueño con esos personajes, con esas circunstancias, con esas ocurrencias que tal vez no sean reales pero logran algo poderoso: crear una nueva realidad. Es lo que me ha sucedido con “El hijo del acordeonista”, (Alfaguara, 2025) de Bernardo Atxaga, un título adscrito bajo esa clasificación que los vendedores de best sellers pronuncian con temerosa cautela, no sea que se les arruine el negocio: ficción literaria.
Me arriesgaré a decir que quiero entrañablemente a Bernardo Atxaga aún sin conocerlo. Me pasa con autores cuyas verdades que resuenan armónica y espontáneamente con las mías. Me sucede lo mismo con autores vivos que con otros cuyo polvo es ya ilocalizable. En estas páginas discurre la amistad de dos hombres de origen vasco, David y Joseba, para quienes la memoria no es un inventario de museo, sino una guía de supervivencia, aunque uno de los dos esté muerto.
Esta pasarela de ires y venires sobre el río del pasado se articula en varios tiempos: 1999, fines de los 50 y mediados de los 60. Es el País Vasco y su relación con la Guerra Civil, revisitado desde el exilio estadounidense de su protagonista, un joven que huyendo de los fantasmas de la posguerra y los horrores perpetrados por su padre, decide acompañar a su tío, el tío Juan, a consolidar una granja de crianza de caballos en la California de principios de los 80.
Pero la novela es también, sin caer en las lejías almibaradas de lo cursi, una gran novela de amor. Resplandece a lo largo de su discreto grosor, la historia de la traductora norteamericana Mary Ann y David, y resplandece por su dulzura serena, por su firmeza sin impostación. Si tuviéramos todos al menos una vez en la vida una fracción de un amor tan íntegro y poderoso, tengo la seguridad de que seríamos mucho menos desdichados.
Atxaga es un defensor del amor y un entusiasta de todo aquello que a pesar de las aniquilaciones silenciosas, prevalece: la lengua vasca, los impulsos ancestrales de apego a la tierra, las memorias de infancia, las ruinas de los caseríos abandonados, la capacidad de sentir por encima de todos los maniqueísmos.
“El hijo del acordeonista” es, sobre todo una crónica del perdón que necesitamos para vivir sin destrozarnos. Entrad en ella, y si me reconocéis luego de esto, charlaremos sobre David, Mary Ann, Joseba y Ángel en algún bar de Ourense. Mientras, yo dejaré que estas palabras sigan haciendo su trabajo secreto: socavar y plantar jardines.
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