José Antonio Constenla
MI PLAN PERFECTO
Estoy otra vez allí
MI PLAN PERFECTO
La arena quema y corro descalzo dando pequeños saltos hasta llegar a la orilla. Mis amigos ya están en el agua. Mi padre levanta la vista del periódico para vigilarnos un instante antes de volver a perderse entre las páginas deportivas. Mi madre nos llama para ponernos crema mientras finge enfadarse porque no paramos quietos.
Huele a Nivea. A sal. A verano.
No sé cuántos años tengo. Tampoco importa. En los sueños felices el tiempo nunca cuenta. Solo sé que quedan por delante semanas enteras sin colegio ni horarios y sin más preocupación que decidir si hoy jugaremos con las palas, construiremos un castillo imposible o conseguiremos que nos dejen alejarnos un poco más con la barca hinchable.
Todo parece enorme.
El mar. Los días. Las vacaciones.
Y también nosotros.
Los niños nunca saben que están siendo felices.
Solo viven.
Y nosotros vivíamos el verano como si fuese eterno.
Las mañanas empezaban temprano cuando la playa todavía tenía espacio para correr y las olas parecían esperarnos solo a nosotros. Mi madre nos embadurnaba la cara con aquella crema Nivea cuyo olor sigue siendo, tantos años después, la puerta más rápida hacia la infancia. Protestábamos porque queríamos salir corriendo al agua. Ella insistía. Nosotros resoplábamos. Hoy daría cualquier cosa por volver a escuchar aquel “ven aquí, que todavía te falta la nariz”.
Después, saltábamos las olas una y otra vez, convencidos de que ninguna podría con nosotros. Jugábamos con aquellas pelotas hinchables de propaganda que alguna caja de ahorros regalaba cada verano.
Las palas sonaban como un metrónomo. Toc, toc, toc. Bastaban unos segundos para que apareciesen desconocidos preguntando si podían jugar. Nadie era extraño durante las vacaciones. Bastaba compartir un rato de playa para convertirse en amigo hasta septiembre.
Los chiringuitos eran un mundo aparte. Sonaba la canción del verano mientras alguien pedía unas patatas fritas, un refresco o una ración de calamares. Nosotros solo queríamos volver corriendo al agua antes de que se secase el bañador.
A mediodía, los pinares olían a resina y a tortilla de patatas, a filetes empanados, a sandía fresca y a pan recién abierto.
En casa, con la comida llegaba también la siesta.
Mi padre se dormía con el Tour de Francia. Mi madre decía aquello de “no hagáis ruido”. Nosotros respondíamos que sí, una mentira piadosa que todos aceptábamos. Porque incluso el ruido de los niños formaba parte del verano.
Las tardes tenían sabor a helado, a bocadillos de Nocilla o de chorizo
Las tardes tenían sabor a helado, a bocadillos de Nocilla o de chorizo y a carreras en bicicleta por el paseo marítimo. Los mosquitos siempre encontraban el único rincón del cuerpo que no tenía repelente. Nosotros nos rascábamos sin darle importancia. El verano también era eso.
Al caer la noche, la televisión reunía a toda la familia. Aquellos programas que solo existían en julio y agosto, concursos, series y galas que hoy quizá nadie recuerde, pero que entonces marcaban el final perfecto de un día de playa. Luchábamos contra el sueño porque dormir era perder minutos de vacaciones.
Y, casi sin darnos cuenta, llegaba el final del verano.
Las interminables colas para volver a casa. Los coches avanzando despacio bajo un sol que parecía no querer despedirse. Las ventanillas abiertas. La radio sonando. Mi padre escuchando las noticias de fútbol, los fichajes del verano o los resultados de aquellos partidos amistosos que, por alguna razón, parecían importantísimos. Yo apoyaba la cabeza en el cristal con la piel todavía salada y los ojos medio cerrados.
Pensaba que el verano se estaba acabando.
Qué poco sabía.
Porque el verano nunca se fue.
Sigue viviendo en el olor de una crema, en el sonido de las olas, en la sombra de un pinar o en una simple merienda de pan con chocolate. Apareciendo cuando menos lo espero para recordarme que hubo un tiempo en el que la felicidad era tan sencilla que ni siquiera sabíamos ponerle nombre.
Quizá por eso los veranos de la infancia no fueron solo unas vacaciones.
Fueron el lugar donde aprendimos a ser felices sin esfuerzo. Donde descubrimos la amistad, la libertad y esa maravillosa sensación de creer que la vida entera nos esperaba a la vuelta de septiembre.
Abro los ojos despacio.
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