Carmen Tomás
Haz lo que digo...
EL ÁNGULO INVERSO
Ayer comí con un compañero mío de internado en Cisneros. Como todos los que estudiamos en aquel inolvidable colegio, lo recordó con emoción. Como tantos, llegó rebotado de un colegio de maestros de “alas negras”. Le fue bien en la vida, se hizo veterinario.
Hablamos de aquellos profesores que tuvimos. Los lideraban nada menos que Xocas y López Cid. Era otra forma de enseñar. Casi todos tenían ideas republicanas y seguían las enseñanzas del poeta Antonio Machado. Es decir, enseñar encantando, cautivando. Cierto, ya lo escribí, no está de más recordarlo. Llegaban alumnos como última opción, huidos o expulsados de otros centros. Muchos inadaptados, chicos de barrio de mirada desafiante. Cómo es la vida, a lo largo de estos años he hablado con muchos y a todos, como a mi amigo, les fue bien. Aquel colegio era un islote de resistencia. Yo estaba interno y, mira tú, no era obligatorio ir los domingos a misa. Ningún profesor nos hacía bostezar.
Pero lo que quiero contar es aquella clase de un día de septiembre que marcó a mi amigo para siempre. Dejemos que hable: Era el 11 de septiembre de 1973. La clase de Filosofía de López Cid estaba llena como era habitual. Nunca pasó lista. Entró mirando al suelo, encorvado, enfundado en su zamarra habitual. Se sentó y guardó silencio. Nos miró lentamente y comenzó, con voz dolorida: “Hoy no hay clase. Han asesinado a Salvador Allende en el Palacio de la Moneda en un golpe de estado liderado por el general Pinochet”. No te miento, lágrimas resbalaron por su mejilla: “Pronto las calles de Santiago se llenarán de cadáveres”. Nos narró las últimas palabras del presidente: “En un tránsito histórico pagaré con mi vida la lealtad al pueblo”. Había sido un gran presidente desde 1970.
Las culatas de las metralletas aplastaron sus manos. Dicen que se las cortaron: “Jamás volverás a tocar una guitarra con tus dedos”.
Mi amigo recuerda conmovido aquella clase de septiembre de 1973. Una atmósfera telúrica cubría el aula: “A Allende también le llamaban el médico de los pobres. Después, muy emotivo, el profesor nos habló de ética, de solidaridad, de democracia. Quizás la lección más importante de mi vida”. Recordó: “Pinochet era amigo del general Franco y fue el único presidente junto con Hussein de Jordania que acudió a los funerales del dictador. Cielo santo, el cruel general estuvo en el poder desde el 73 al 90”. Ocurrió: las calles de Santiago se llenaron de cadáveres. En el estadio de Chile no se interrumpieron los fusilamientos. Allí llevaron a Víctor Jara (“Te recuerdo Amanda / la calle mojada / corriendo a la fábrica / donde trabajaba Manuel…”). Esa canción que cantaron generaciones. Las culatas de las metralletas aplastaron sus manos. Dicen que se las cortaron: “Jamás volverás a tocar una guitarra con tus dedos”. Lo cierto es que fue torturado durante varios días y asesinado el 15 de septiembre con más de cuarenta impactos de bala. Más de 40.00 chilenos fueron víctimas del dictador y 200.000 buscaron el exilio.
(Mi amigo me mira pensativo: “Tengo grabada la mirada, llena de ternura antigua, del profesor. Ay, ojalá hubiera maestro así en este extravío contemporáneo. Cuánto insistió: ‘Si no hay educación, no hay futuro’. Ojalá López Cid viviese cuando el juez Baltasar Garzón ordenó que fuese detenido en Londres y juzgado por sus crímenes contra la humanidad”.
Se va mi amigo y aún me guiña: “¿Recuerdas aquella frase de Allende, que nos repetía el profesor?: ‘Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica”).
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