Cunqueiro y los vinos de Galicia

Publicado: 23 ago 2026 - 05:44
Opinión en La Región
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Álvaro Cunqueiro dejó repartida por su obra literaria y periodística comentarios literarios referidos a la cata y apreciación del vino que vale la pena rescatar y divulgar. Con esta aportación suya se amplia y enriquece notablemente el campo simbólico en que se inscribe la paleta de la adjetivación convencional acuñada por la cata enológica, de orientación técnica y especializada.

Cunqueiro era, a su modo, un catador, y como tal se requerían sus servicios en cuantas ferias y festejos del vino había en el país. Pero era un catador muy sui generis. Veamos. Cunqueiro dialogaba, sin citarlo, con Valle-Inclán quien, por boca de un personaje, no duda en postular que cada vino tiene su sacramento y no estaba dispuesto a admitir réplica de quien no estuviese versado en teología. Situado en tal tesitura, indicaba que la autoridad en que se basaba para evocar y laudar los vinos gallegos era la memoria de su propia experiencia, haber bebido “mano con mano con la mejor gente de mi país”. Añadía que no pretendía hablar por hablar, “respetaba su sacramento”, pero, aunque “no hubiera cursado teología”, se mostraba dispuesto a enredarse en la disputa de sus sales, humores y trasgusto, confiando en su dilatada experiencia como atento y sensible bebedor.

La autoridad de Cunqueiro era, pues, como “probador”. No le parecía necesario estar provisto de un saber técnico, ser un experto enólogo, por lo que nadie lo habrá visto nunca metido en faena armado de venencia, que era, como bien se sabe, el instrumento que se empleaba tradicionalmente para catar los vinos. Pero, en cambio, se conservan fotografías del escritor que lo muestran bebiendo una taza (cunca) de vino y que testimonian a las claras su condición de bebedor. Señalaba, en efecto, que “se me puede retratar con la taza cunca de mi apellido en la mano, en la que pinta un ribeiro o hace espuma un agulla del Rosal”. Cunqueiro gustaba de los vinos gallegos, aun conociendo sus defectos -felizmente superados hoy en día-: “Su agrio, sus breves fuerzas y calores, su calma reposada”. En la poesía de los vinos gallegos se esconde, al igual que en la prosa de Cervantes, una secreta verdad. Se suele admitir -aseguran los cervantistas- que los imitadores del escritor de Alcalá fracasaron todos en sus afanes de emulación porque Cervantes es ciertamente inimitable. Pero lo es porque carecía propiamente de estilo, lo que no es finalmente un inconveniente, puesto que como sentía con hondura lo que escribía, le salía magistralmente, ya que -como él mismo decía- bien se escribe lo que bien se siente. También los vinos gallegos tienen un recóndito secreto que hay que saber encontrar y apreciar: “Tienen un amor que hay que buscarles, ayudándoles a franquearse”.

En relación con el carácter de los vinos gallegos en su vinculación con las gentes del país, opinaba que son “como nosotros somos, humildes y mansos, honestos, suaves y remisos”. Y no dudaba, así, don Álvaro, en levantar su taza y brindar en favor de todos ellos, para recordarlos y alabarlos. He aquí el brindis de Cunqueiro en honor a nuestros vinos, que le parecen: “Humildes, honestos, mansos, suaves y remisos vinos, por lo que yo levanto en mi mano la taza para recordarlos y alabarlos, desde el Miño al Mandeo, dándole la vuelta al mapa de mi tierra”.

Sabía apreciar Cunqueiro la gracia que tiene beber los vinos de la tierra, los que produce el propio país que habitamos o bien visitamos. Pero le parecía que esto convenía hacerlo in situ, mejor que llevarlos a otra parte, diríamos que por elemental congruencia ecologista, y también porque sigue siendo cierto que los vinos de la tierra, elaborados por bodegueros artesanales de una manera muy natural, viajaban mal. Se pagaba muy cara su expatriación.

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