José María Eguileta Franco
DIARIOS DO PASADO
Escavacións arqueolóxicas nas orixes de Ourense: As Burgas (II)
Uno no sabe nada de fútbol, algo temerario, sin duda. Uno puede no saber nada de historia, de literatura, o de filosofía, que no pasará nada; qué decír de materias más conceptuales o abstractas, de los trasiegos periodísticos que trascienden, por ejemplo, a una exposición de arte contemporáneo que iluminan carencias, pero ¿no comprender el fútbol?
En esta sociedad uno puede arrastrar su ignoracia y hasta presumir de ella, con frecuencia lo hemos visto, hasta en la intelectualidad académica cuando insiste en adentrarse en esos mundos reñidos a la inmediatez y la lógica, pero no con el fútbol, donde se manejan conceptos a medio camino entre el entusiasmo y el sentimiento, aunque tamizados por la glosa de un argentino pueden adquirir dimensiones bíblicas.
Uno puede no saber nada de fútbol pero jamás abstraerse de esta realidad envolvente que lo empapa todo de pases en corto, en largo, paredes, juegos en rotación. La dimensión es tal que hasta Telefónica, la multinacional de comunicación, ha pagado por sus derechos unas cifras con las que se podría paliar grandes déficit de esta sociedad extraña.
El fútbol se ha convertido en un mundo paralelo que traslada toda las buenas artes y potencia física de unos artistas del balón a la entente de seguidores de cerveza y barra, en lo bueno y en lo malo, en la euforia y en la decepción, que es una línea tan delgada que puede ser transparente. De los futbolistas nos interesa todo, sus mujeres, sus coches, sus entornos de glamour, pero, casualidad, no nos importan ellos, la persona que está detrás, ni sus emociones, ni su propia familia. La humanidad es otra cosa.
A España la han eliminado, entraba en la lógica del deporte. La derrota es huérfana, nadie la quiere, pero sería poco patriota no buscar un culpable visible sobre el que aplicar cicuta. Pocas veces uno ha visto, en esta sociedad de mofa y desenfreno digital, tamaño ensañamiento en la figura de un deportista como De Gea. Es evidente que no ha tenido su momento, que no ha estado a la altura de otros a quienes también se defenestró, pero esta sociedad tan avanzada y moderna demuestra ausencia total de hunanidad.
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