El derecho a aburrise

Publicado: 02 ago 2026 - 03:10
Opinión en La Región
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El otro día vi a un niño aburrirse y me pareció una escena casi exótica. Fue en una terraza de Ourense, a media tarde, con ese calor que obliga a hablar bajito. Los padres charlaban, el crío llevaba un buen rato sin nada que hacer y, cosa rara, sin nadie que le pusiera una pantalla delante. Primero protestó. Luego empezó a colocar los sobres de azúcar en fila, como si fueran una carretera, y estuvo veinte minutos metido en un mundo entero que se había inventado encima de una mesa de metal. Lo miré más rato del que es educado mirar, porque caí en la cuenta de que hacía años que no veía aburrirse a nadie. Y de que yo tampoco me aburría desde no sé cuándo.

Hemos eliminado el aburrimiento de nuestra vida sin haberlo decidido nunca. No hubo un día concreto ni un aviso. Ocurrió despacio, tapando huecos: la cola del supermercado, el ascensor, los dos minutos del semáforo, el rato antes de dormir. Cualquier grieta de tiempo muerto tiene hoy quien la rellene, y como nadie echa de menos lo que no sabe que ha perdido, dimos el cambio por bueno.

Sospecho que ahí perdimos algo importante. El aburrimiento no era tiempo desperdiciado. Era el estado en el que la cabeza, sin nada urgente que atender, se pone a ordenar sola lo que tenía revuelto. Ahí se cocinan las ideas que no vienen cuando se las llama. Ahí aparece la asociación rara entre dos asuntos que llevaban meses en cajones distintos. No es misticismo, es fontanería: si no dejas de meter agua, el desagüe nunca llega a vaciar.

El aburrimiento no era tiempo desperdiciado. Era el estado en el que la cabeza, sin nada urgente que atender, se pone a ordenar sola lo que tenía revuelto

En el trabajo tenemos nuestra propia versión del móvil, y se llama agenda. Un hueco en el calendario se lee como disponibilidad, o casi como fracaso, nunca como trabajo. Lo he hecho durante años y todavía lo peleo, porque llenar el día de reuniones da una sensación estupenda de estar avanzando. Al final de la jornada uno mira atrás y ve doce casillas de colores, la prueba objetiva de que ha sido útil. Pero una agenda llena es también la coartada perfecta para no pensar. Nadie puede reprocharte que no piensas si no has tenido libre ni un minuto.

Conviene no confundirlo con descansar, porque no es lo mismo. Descansar es reponer fuerzas, y para eso valen las vacaciones. Aburrirse es bastante más incómodo: es sostener el vacío sin taparlo. Los primeros minutos resultan desagradables de verdad. Aparece un runrún molesto, una urgencia de hacer algo, lo que sea. Y justo ahí, cuando la mano va sola al bolsillo, es cuando se abandona. Aguantar ese tramo es todo el ejercicio.

Agosto es la última reserva que nos queda de ese material, y también nos las arreglamos para gastarla. Llenamos las vacaciones de planes con la misma ansiedad con que llenamos los martes de reuniones, y volvemos con la sensación rara de no haber tenido tiempo de nada teniendo todo el tiempo del mundo. Repetimos incluso aquello de que hacen falta unas vacaciones de las vacaciones, sin pararnos a escuchar lo absurdo que suena.

Pienso a veces en la gente mayor que veía de pequeño sentada en un banco, mirando pasar la tarde sin hacer aparentemente nada. Crecimos interpretando aquello como tiempo perdido, casi como una forma de tristeza. Cada vez estoy menos seguro. Nadie les había enseñado a rellenar aquel rato. Puede que estuvieran haciendo algo que nosotros ya no sabemos hacer.

No traigo receta, y menos todavía la de desconectar del mundo, que además no me la creería nadie viniendo de mí. Propongo un gesto pequeño y bastante difícil: media hora a la semana sin pantalla y sin objetivo. Sin podcast, sin música, sin aprovechar para nada. Mirar por la ventana. Caminar sin destino. Al principio resulta casi insoportable y uno se siente hasta ridículo. Después, algunos días, aparece algo que llevabas semanas sin ver.

Porque el aburrimiento es el único rato del día en el que uno se queda a solas con su propia cabeza. Y es ahí, y no en una sala de reuniones, donde se decide lo que de verdad importa. Hemos construido máquinas capaces de responder a casi cualquier pregunta que se nos ocurra. Ninguna puede hacer por nosotros la parte que viene antes, que es la difícil: descubrir qué pregunta merecía la pena hacerse.

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