El Derecho Internacional no existe

Publicado: 08 mar 2026 - 02:10
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Hay conceptos que producen una falsa sensación de seguridad, como de estar sostenido por una red de seguridad, a pesar de no ser más que un placebo. El Derecho Internacional es uno de ellos. El mero hecho de ser pronunciado parece asegurar la existencia, en alguna parte, de una autoridad superior, serena e imparcial, vigilando el mundo con un código en la mano y una pulcra capacidad para imponer el orden. El problema es que no existe.

Dentro de un Estado, el derecho funciona no solo porque haya normas escritas, sino porque detrás de esas normas hay una estructura de poder capaz de hacerlas cumplir. Max Weber lo formuló de manera precisa al definir el Estado como la comunidad humana que reclama con éxito el monopolio del uso legítimo de la fuerza física dentro de un territorio. Dicho de forma menos académica, el Estado es la organización de ostente el monopolio de la fuerza, de la coacción. Si no cumples las normas, te obligarán a cumplirlas.

James Scott nos ayuda a verlo desde otro ángulo menos habitual. El Estado no nace como una amable asociación de ciudadanos que, alrededor de una mesa, acuerdan convivir ordenadamente. Más bien se trata de una población fijada a un territorio, censada, registrada, gravada y sometida a coerción estable. Con igual clarividencia lo expuso Mancur Olson, considerando al Estado como un bandido que deja de saquear esporádicamente para instalarse, monopolizar la depredación y convertirla en tributación regular. Todo esto explica muy bien por qué dentro de un Estado el derecho dispone de un brazo ejecutor. Hay tribunales, policía, cárceles y una fuerza concentrada capaz de hacer que la población acate las leyes… o se atenga a las consecuencias.

Fuera del Estado, en cambio, el paisaje cambia por completo. En el sistema internacional no existe nada equivalente. No hay tal cosa como un soberano mundial. No hay una policía internacional con capacidad efectiva para reducir a una gran potencia y obligarla a obedecer. No hay una autoridad que pueda imponerse por encima de las soberanías nacionales del mismo modo que un gobierno se impone dentro de sus fronteras. Las relaciones entre países son, por definición, la anarquía. Anarquía en su definición literal: ausencia de una autoridad política superior que mande de forma soberana.

Por eso el Derecho Internacional, por muy solemne que suene, no es más que un sistema de acuerdos voluntarios entre Estados. No se trata de un auténtico orden jurídico capaz de imponer sus decisiones de manera uniforme, ni un marco con poder coercitivo que pueda obligar a algún país a cumplir las normas. El Derecho Internacional está bien como falsa complacencia, pero si un Estado decide no cumplir con lo firmado no hay nada que legalmente se pueda hacer.

No hace falta irse demasiado lejos. Lo que estamos viviendo estos días es un ejemplo palpable de esto que comento. Hay docenas de resoluciones de las Naciones Unidas contra la teocracia de Irán y su escaso respeto a los Derechos Humanos. Docenas. ¿De qué han servido? ¿Han dejado acaso de matar a mujeres, colgar homosexuales de grúas, matar manifestantes en las calles o cejado en su programa nuclear ilegal? Resoluciones desde 1979 sin que nada cambiara. No hay nada que se pueda hacer contra Irán.

¿Qué es legal? ¿Qué es ilegal a nivel internacional? Se nos dirá que para eso está la Organización de las Naciones Unidas. Nos dirán que la Carta de la ONU prohíbe el uso de la fuerza entre Estados salvo en los supuestos de legítima defensa o bajo la autorización del Consejo de Seguridad. Sobre el papel, la idea parece impecable. El inconveniente es que ese mismo Consejo está diseñado de tal forma que cinco potencias (Estados Unidos, Rusia, China, Francia y el Reino Unido) pueden bloquear cualquier decisión con su derecho de veto. Dicho de otro modo, el sistema internacional incorpora en su mismo corazón una cláusula de impotencia.

No hace falta irse demasiado lejos. Lo que estamos viviendo estos días es un ejemplo palpable de esto que comento. Hay docenas de resoluciones de las Naciones Unidas contra la teocracia de Irán y su escaso respeto a los Derechos Humanos. Docenas.

La realidad es que, ante atrocidades masivas, limpiezas étnicas o genocidios, la maquinaria puede detenerse no porque falten razones morales, sino porque sobran intereses geopolíticos. La legalidad queda entonces a merced del cálculo de las grandes potencias en una escena mucho más pragmática y bastante menos noble de lo que suele sugerir el sentimentalismo del Derecho Internacional. Cuando las grandes potencias tienen voluntad política suficiente para intervenir, intervienen igual. Lo hacen con resolución del Consejo de Seguridad, sin ella, con pretextos mejores o peores, con mayor o menor cinismo, pero lo hacen. ¿Quién hizo algo cuando Putin invadió Georgia en 2008, Crimea en 2014 o el resto de Ucrania en 2022? ¿Y quién le va a hacer algo a Trump por entrar en Venezuela o bombardear Irán?

Escudarse automáticamente detrás del Derecho Internacional es, en realidad, una forma muy poco elegante de eludir el problema de fondo. El orden mundial no se sostiene por el Derecho Internacional. Se sostiene por equilibrios de poder, por disuasión militar, por alianzas estratégicas y por interdependencias económicas que vuelven demasiado costosas ciertas aventuras. La ley internacional no manda realmente sobre la política mundial. Más bien corre detrás de ella, intentando dar forma jurídica a relaciones de fuerza que se han decidido antes, en otra parte y por otros medios.

La pregunta, entonces, no es si el Derecho Internacional contiene ideales valiosos. Los contiene. La pregunta es otra. ¿Cómo seguir viviendo en el espejismo de un orden internacional que se asienta sobre una legalidad que es, simplemente, humo? Desafortunadamente, el Derecho Internacional se está convirtiendo en un arma arrojadiza para la construcción de relatos políticos que nada tienen que ver con la protección de los Derechos Humanos.

¿Acaso no es obvia la postura de la izquierda española cuando apelan a la ilegalidad de la operación para llevar a Maduro a los Estados Unidos? Esa misma izquierda que jamás ha alzado la voz para cuestionar las violaciones, torturas y asesinatos del propio régimen de Maduro. Esa misma izquierda que acusa de ilegal el bombardeo de Irán (lo es) pero guarda un estruendoso silencio ante las violaciones sistemáticas de los Derechos Humanos por la dictadura teocrática de los ayatolás. El Derecho Internacional no es más que una arbitrariedad inoperante que hace correr muchos ríos de tinta, pero no detiene ningún río de sangre. ¿De qué nos sirve?

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