Descobijados de Dios. Casi un poema

HISTORIAS INCREÍBLES

Un hombre desolado.
Un hombre desolado. | La Región

El hombre salió a eso de las ocho de la tarde. Miró cómo las farolas se iban despertando mientras el día se cubría con un toldo cada vez más negro. Como si ya fuesen a sacar, todos los seres de la tierra, sus tristezas en las bolsas de basura ya clasificadas, para arrojarlas a las cajas de colores con las que reciclamos.

Oyó su propio caminar. Pasos y sólo el silencio. Porque el silencio camina a nuestro lado con sus pies descalzos. Y le percibimos dándonos abrazos. Y los abrazos de la soledad son fríos como lo es la ciudad a esta hora de los gatos que maúllan a la luna que siempre nos parce un queso redondo y blanco. Y como estamos en este extraño otoño se levanta un viento navajero que nos acuchilla el pescuezo. Y comienza a gotear el agua con chispitas primero, para anunciarnos que en breve llegará el aguacero que con esa agua preciosa regará, siempre a la caída de la tarde, los almendrales o los ciruelos.

Se pone a sentirse un vaso a punto de romperse contra el suelo, un ser sólo biológico, una mujer o un hombre inerte.

La vida es un bulevar. Un bulevar es siempre una ancha calle que se vuelve tan hermosa porque sus árboles se nos ponen a los lados, aquí o allí, y los suponemos ángeles. Y nosotros hermanastros de las plantas, les necesitamos para agarrarnos a sus vegetales manos. El hombre se siente, muchas veces, como una caja de cartón vacía, un embalaje estúpido o sólo como un espejo sin su imagen reflejada. Comienza a dolerle lo que supone que es el alma. Se pone a sentirse un vaso a punto de romperse contra el suelo, un ser sólo biológico, una mujer o un hombre inerte.

El camino del desasimiento: Estos días hemos hecho sonar las llaves para exigir que precisamos una casa. Imprescindible es cobijarse y guarecerse bajo un techo. Los humanos necesitamos un lugar en el que amarnos. Porque ames a quien ames has de susurrarle al oído un “te amo”. O es posible que prefieras quedarte sola o solo mirando cómo pasa tu tiempo selfi.

Hasta el propio Dios se nos presenta como un techo o una sombra que puesta sobre nosotros nos guarece. Hasta el propio Dios pone su tienda entre nosotros, aunque no logremos reconocerlo. La mayor de las soledades, que pueden afrontar los seres humanos es esa sensación de estar desabrigados de Dios y de una casa.

Estar desabrigado de Dios, es haber olvidado el camino del retorno, sentir nostalgia de la Palabra del Padre. Y caminar al lado de aquel hombre que salió a vagar por las calles desconocidas para encontrarle. Desabrigados del cielo. Des-arropados. Sientes el frio que se expande y no tienes dónde cobijarte.

El hombre sin su casa es un helado de fresa que se va derritiendo y se desparrama manchándole la camisa a rayas. Y desasido de Dios es un invierno sin su escarcha, o una primavera sin el canto de los pájaros, o un verano sin su mar salado para mojarte, o un otoño, por ejemplo, éste, en el que la gente reclama cómo cobijarse y Dios se atreve a acercarse a cada uno de nosotros, a los que creemos poseerlo todo y a aquellos que tienen hambre.

Todos los seres de la tierra, sacan a esta hora, sus tristezas en las bolsas de basura para echarlas a la calle. Desamparo absoluto y frio experimentan los vulnerables.

Los árboles del bulevar estremecen sus ramas, hoy mismo, a las ocho de la tarde.

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