Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Una mina
UN CAFÉ SOLO
Cuando la policía derribó la puerta, sintió el final para el que ya no tenía fuerzas. Se colocó una gastada mochila a la espalda y con la mano izquierda sujetó temblando una maleta demasiado pequeña para acoger lo que necesitaba llevar. Llovía en la calle. Al menos eso le pareció.
Alguien le hablaba. Pero no oía. Solo pensaba cómo era posible que una larga vida quedase reducida a una maleta que ni siquiera tenía un lugar para quedar a salvo. Como él. Que se había quedado suspendido en el vacío sin código postal.
Finalmente, el desahucio, ese monstruo que se fue haciendo más firme con el paso de los meses, logró la victoria. No fue la primera y, lamentablemente, tampoco la última. Así lo marca la ley, que no siempre hace justicia.
Un desahucio no solo deja a la intemperie a los que la carga de la vulnerabilidad les disminuye las opciones de volver a techo, también les deja despojados de las historias que cuentan las cosas, propias y heredadas.
Miro hacia un espejo imaginario y veo como, en los últimos meses, la luz del amanecer le encontraba sentado en el viejo sofá. Veo desparramados por el suelo viejos álbumes de fotografías con momentos y caras ya casi desdibujados. Observo cómo sus ojos se quedan fijos ante la cómoda donde se adivina la vajilla que lleva ocupando ese lugar más de 70 años. Sobre la mesa del comedor, restos de intentos vanos por ordenar en filas las cosas que no podía perder, las que tal vez podía dejar atrás y las que, definitivamente, irían a la basura. Cada día las cambiaba de lugar, como en una partida de ajedrez. Lo veo arrastrarse hasta la cocina y después al dormitorio. Aquel pequeño piso, el hogar en el que nació, no tenía muchos más huecos, aunque sí cada vez más desperfectos.
Apoyado en la puerta se echó a llorar. La cama, los armarios… Todo demasiado gastado para la venta, pero imprescindibles para él. Ni los muebles, ni la cafetera que lo despejaba por las mañanas, ni las mantas que le arropaban desde que era casi un niño, ni el reloj de cocina elegido por su madre y colgado por su padre, podrían acompañarlo a ningún nuevo lugar, porque no existirá.
El escenario de toda una vida, la suya, se quedaba atrás, vacío y destruido. Se perdían los pequeños salvavidas a los que aferrarse en malos momentos.
Un desahucio no solo deja a la intemperie a los que la carga de la vulnerabilidad les disminuye las opciones de volver a techo, también les deja despojados de las historias que cuentan las cosas, propias y heredadas. Pero de eso parecen no saber nada ni los políticos que votan en contra de la protección, ni los responsables del desmantelamiento. Aunque sea una institución religiosa, con un patrimonio inmobiliario de más de 300 viviendas en Madrid, cuyo objetivo es “dispensar la caridad entre los más necesitados”. Supongo que siempre que no estropeen ningún buen negocio.
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