Rafael Salgado
LEMBRANZAS
Ourense no tempo: album de verano | Maristas en Cesta y Puntos
MI PLAN PERFECTO
Hay días de verano que parecen escritos de antemano. No porque suceda algo extraordinario, sino precisamente porque nada necesita serlo. La escritora estadounidense Jenny Han lo tiene claro: “Todo lo bueno, todo lo mágico, sucede entre los meses de junio y agosto.”
El día empieza en casa, con un desayuno sin artificios. Unas tostadas bastan cuando el pan es bueno. Y el de Pan da Moa lo es. Uno de esos panes que recuerdan que las cosas sencillas requieren tiempo, oficio y una harina que también tiene su historia y sus amigos. Como bien sabe Rafa Cuiña, al final casi todo tiene una explicación.
Después llega el paseo. En Oleiros –972.000 metros cuadrados de zonas verdes– caminar mirando al mar no es una obligación saludable ni un propósito deportivo. Es, simplemente, un placer. Un lujo discreto. La costa, tan cuidada que algunos la llaman “la Suiza gallega”, parece hecha para reconciliarse con la lentitud.
Aquí hay turistas, claro, pero sobre todo hay visitantes y viajeros. Gente que viene a estar, no a invadir. Y hay parques que se asoman al Atlántico con una naturalidad que sorprende. El de las Trece Rosas es uno de ellos. Desde allí, la ría y la ciudad se contemplan con la serenidad de quien no tiene prisa. En la otra orilla, en A Coruña, más de uno mira de reojo y siente una envidia perfectamente comprensible.
La mañana termina casi siempre igual: con una buena tortilla. Las tapas de los bares de Santa Cruz tienen la virtud de justificar cualquier esfuerzo anterior. A partir de ahí, el almuerzo admite pocas equivocaciones. El Refugio, El Mirador del Madrileño, Yema o La Parrocha Dorada forman parte de esa geografía íntima de los lugares a los que se vuelve porque, además de comer bien, uno se encuentra a gusto en ellos.
La tarde pertenece al agua. A veces la piscina; otras, la playa. Las cinco banderas azules de Oleiros –Santa Cristina, Bastiagueiro, Mera, Espiñeiro y Naval– no son una casualidad. El mar está limpio, las playas funcionan y todo parece cuidado con una atención casi doméstica. Hay alcaldes que dejan huella con grandes discursos. Y luego está Ángel García Seoane, “Gelo”, que ha preferido durante años la política menos vistosa y quizá más eficaz: la de mantener las cosas en su sitio.
Entre baño y baño aún queda tiempo para leer. El verano siempre pide un libro, y este año bien podría ser el nuevo de Javier González Méndez, periodista audaz y observador de la condición humana, que parece haber aprendido el oficio de mirar donde otros pasan de largo.
Al caer la tarde, la terraza de Vaiche Boa, en medio del parque de las Trece Rosas, se convierte en un pequeño observatorio del mundo. La luz se vuelve más suave y la costa adquiere una elegancia inesperada. El doctor González Juanatey suele decir que desde allí parece uno estar en la California más refinada. Quizá exagera un poco. O quizá no. Porque el paisaje tiene algo de esa remota promesa del Pacífico, aunque aquí el nombre más adecuado sea otro: Galifornia.
Ni que Maud Hart Lovelace, la escritora estadounidense mejor conocida por la serie “Betsy-Tacy”, hiciese un Richard Gere y se hubiera dejado caer por Oleiros antes que él: “Era junio, y el mundo olía a rosas. El sol era como polvo de oro sobre la ladera cubierta de hierba.”
La noche, por supuesto, sigue estando en A Coruña. Está a un paso de Oleiros y conserva una rara capacidad para entretener a todos: desde quienes buscan una conversación tranquila en una terraza hasta quienes prefieren que la madrugada llegue entre música, grandes conciertos y amigos. La ciudad del Dépor –más cosmopolita que nunca– sabe divertirse. Ya lo dicen todos los refranes que se cuentan de A Coruña por Galicia adelante.
Pero para dormir, mejor volver a Oleiros… Eso sí, conviene no distraerse al cruzar el puente de A Pasaxe. Más de noventa mil vehículos pasan cada día por esa arteria que une ambas orillas y que vive permanentemente bajo vigilancia. La futura ampliación promete aliviar el tráfico. Mientras tanto, el puente exige atención y cierta disciplina. También cierto cuidado con las multas de tráfico.
Después de cruzarlo, el día se apaga sin estridencias. Y uno descubre que el verdadero lujo del verano no consiste en hacer muchas cosas, sino en encontrar un lugar donde las cosas sencillas parezcan suficientes, al lado de quien quieres estar. Ya lo escribió Albert Camus: “En lo profundo del invierno, finalmente aprendí que dentro de mí habitaba un verano invencible.”
@J_L_Gomez
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