Sonia Torre
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El “Ratoncito Pérez” nos acaba de jugar una mala pasada. O más bien la interpretaciones rápidas e inbteresadas de los descubrimientos científicos. Muchos padres han guardado los dientes de leche de sus hijos como un juego de futuro y resulta que ahora son una fuente de células madre que pueden curar enfermedades, porque pueden llegar a contener hasta cien millones de ellas que pueden servir par arecontruir tejidos dañados. El juego se ha convertido en un salvoconducto para su salud, habrán pensado muchos padres. Pues no. Ya pueden ir tirando los dientes de leche de sus retoños porque esos no sirven si no han sido congelados a menos 130 grados y conservados en laboratorios especializados por el módico precio de más de 700 euros anuales. Eso no es nada comparado con la salud de un hijo se dirá. Pero una vez más se establece una distancia entre ricos y pobres, o más bien entre los que pueden y los que no llegan a fin de mes o lo hacen a duras penas. La esperanza como siempre es que la ciencia avance una barbaridad y acabe democratizando los procedimientos. Previo peaje a los laboratorios, claro.
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