Luís Celeiro
TÍA MANUELA
Dignidade
Lo que cuesta no es contarlo. Ni siquiera criticarlo. Lo grave, lo realmente triste, es que haya todavía que explicarlo y argumentarlo. Que haya forofos que lo lleguen a poner en duda. Que haya incluso quien lo justifique. Radicales de bufanda, de teclado o de puño fácil que desgraciadamente comparten la pasión por un equipo que nació con el objetivo de intentar ocupar el hueco que dejó un club que jamás debió desaparecer y al que nunca le han llegado ni a la sombra del escudo.
Lo bochornoso e inadmisible es la agresión. Y lo preocupante es que detrás de ella vengan silencios que funcionan como palmadas en la espalda a una directiva con personas muy reconocibles en la ciudad de las que esperan comportamientos opuesto. Caras que dictan sentencias cuando no dudan en ponerse al lado de un agresor.
Obliga a la reflexión sobre la decadencia extrema a la que ha llegado el deporte ourensano. ¿Cómo es posible que gente así esté al frente de nada? Más aún de un club que reconoce tener como objetivo ser la referencia del fútbol provincial.
Un club que se ha ido escorado desde su creación hacia el lado de los violentos. De los que no admiten más que el "sí, bwana". La cabeza baja y dar por bueno cualquier medio para lograr los objetivos. Un club que en cinco años ya tiene demasiadas manchas en el informe. Gente que no duda en intimidar. En utilizar el insulto y la amenaza. Subidos a un púlpito penoso presumiendo de victorias ante equipos amateurs y pasando por alto que lo hacían con presupuestos insultantes y contando con subvenciones exclusivas en esas categorías.
Una directiva hueca y ya en línea deportiva descendente una vez que la pelota empezó a jugar en igualdad de condiciones. Con problemas para encontrar relevo en el palco y superado por rivales ourensanos que los multiplican en estructura, orden y criterio. Una UD Ourense acomplejada. Nerviosa por la pérdida incluso de su único aval, de una afición reducida a la mitad. Dirigida por una directiva que volverá a confirmar su estilo. Macarras que tratan de controlar titulares, de manipular informaciones y de intimidar a todo el que piense distinto. De ponerle el brazalete y señalar a todo el que piense distinto o se atreva a criticar. De abrazar y proteger al violento.
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