No fuimos tan malos

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Publicado: 15 ago 2026 - 05:40
Isaac Pedrouzo
Isaac Pedrouzo | La Región

Lo que sucede en el backstage se queda en el backstage. Afirmación que funciona como evangelio tácito sobre todo en los circuitos musicales. Un mandamiento sagrado con el que artistas esquivan contar algunas cosas. Hablar de otras. Yo mismo lo he usado en varias entrevistas, en varias sobremesas.

En el backstage del Torgal no pasaron demasiadas cosas. Cosas de esas que el público espera, de sustancias ilegales, sexo indecente y tabúes varios. No pasaron demasiadas, pero sí, algunas pasaron.

Al final, un backstage es un backstage.

No seré yo, personaje con cierta responsabilidad social local, quien rompa las normas del juego, que ya está la vida demasiado agrietada como para romperla más. No seré yo el que diga quién pidió qué, o ponga siglas que juegan a ese jeroglífico indescifrable de los pseudónimos.

Da lo mismo quien pidió cinco toallas blancas con rayas negras nuevas pero lavadas, quien exigió agua de manantial y le rellené una botella de un bazar con Cabreiroá. Da igual quien preguntó si habíamos visto su pistola en alguna parte.

Da lo mismo si fue fulanito o menganita quien se comió un cocido a pesar de ser vegetariana porque le dio vergüenza decirnos que no. Que casi se desmaya con las filloas. O quien transformó una lata de Coca Cola en una cachimba funcional en un acto inesperado porque se había dejado la suya en Austin, Texas.

No importan los nombres, o sí importan, pero la narrativa fílmica se enriquece si cada uno decide los apelativos y las caras. Las historias. Las leyendas urbanas imposibles de demostrar. Porque al final da lo mismo quien confesó haber visto marcianos verdes subiendo por las paredes de la habitación del Hotel Carrís, o quien no comprendió del todo el poder embriagador y las advertencias sobre el licor café y decidió beberlo a morro de la botella y tuvimos que meterlo en la cama. Levantarlo también. Da lo mismo, sí, como se llamaba la persona que se enfadó cuando le pusimos de cenar zamburiñas porque solo quería, tal y como expresó en un grito anglosajón contenido, una maldita pechuga de pollo rebozada con patatas fritas. Y salió de La casita del pulpo murmurando “Ugh…gross”. Y nos reímos a escondidas. Y respiramos de alivio porque el Beker estaba abierto.

Da igual quién me preguntó si íbamos a dormir juntos o ya no se quedaba a esperar. Y no esperó.

Hay algo no escrito en las leyes que rigen algunas disciplinas, un pacto implícito, un acuerdo que nadie nunca verbalizó. Una lealtad incrustada en los apretones de manos que se cumple en favor de la libertad de ser.

No seré yo quien deshaga el halo casi eclesiástico de los comportamientos, las necesidades y los vicios de los backstage, porque, al final, nunca fuimos buenos, pero tampoco fuimos tan malos.

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