Antonio Casado
Vox se vende muy caro
TRAZADO HORIZONTAL
Se hizo una película de “El disputado voto del señor Cayo” que Miguel Delibes publicó en 1978, tres años después de la muerte de Franco, en plena elaboración de la Constitución, guía y puente de la Transición a la democracia. La peli estuvo protagonizada por Paco Rabal, que en 1981 lo petaba junto Alfredo Landa en “Los Santos Inocentes”, también del gran Delibes. Ya entonces, el escritor vallisoletano alertaba sobre la despoblación que ahora lleva el copyright de la España vacía o vaciada. En política casi todo está inventado menos el carisma de los líderes, pues las modas son cíclicas como las crisis y las bonanzas económicas. Pero ya sean lo rural o cosmopolita, pueblos dispersos o grandes ciudades, la verdad es que las campañas destinadas a llevarse el disputado voto del españolito se han transformado en el gran camelo de cierta política casi 50 años después.
Quienes están en plena disputa del voto del señor Cayo y demás ciudadanos del censo electoral de centro-derecha son Feijóo y Abascal, igual que en su momento lo estuvieron a la izquierda Sánchez e Iglesias. Y ciertamente, el PP no termina de sacudirse el incómodo ascenso de Vox, que sube sin techo mientras en la calle Génova no dan con la tecla para frenar lo que Moncloa llama extrema derecha. Algo parecido le sucedió al PSOE con Podemos, hasta que Sánchez se engañó a sí mismo y a los españoles pactando con la extrema izquierda, los herederos políticos de ETA y los golpistas catalanes, como quedó demostrado en el vil pleno del Congreso sobre Adamuz en el que Sánchez traicionó de nuevo los valores del socialismo de Estado tras excarcelar a etarras sanguinarios como Txeroki. El destino del centro derecha español está marcado por el precedente de la izquierda gobernante en ese collage llamado Frankenstein. El PP y Vox debieran entenderse de múltiples maneras, tal y como hemos visto en las distintas autonomías, si bien los de Abascal se salen de los gobiernos, se resisten a volver a ellos, no aprueban presupuestos e imponen unas políticas que a los populares mayoritarios les traen por la ancha avenida de la amargura.
Suele suceder que las políticas de la partitocracia terminan derivando en prácticas sujetas a la personalidad del líder de turno. El socialismo es ahora un sanchismo que avergüenza a la vieja guardia del PSOE, y al que Felipe González no votará. Y en el PP se han adaptado sucesivamente a Aznar, Rajoy, Casado y Feijóo, aunque sin renunciar a los fundamentos liberal-conservadores. Se puede ser un líder sin escrúpulos como Sánchez, con lo cual todo vale y tiene cabida en su mandato en decadencia, que falta a las víctimas de ETA y a los muertos socialistas como Lambán. O se puede ser un líder como Feijóo, sujeto a unos principios que sirven de freno a su propio liderazgo. A Feijóo no le sale eso de pactar con quien sea y a costa de lo que sea con tal de gobernar, de modo que ese impedimento imprime aún más incertidumbre sobre el cambio en España.
Al PSOE se le ha ido de las manos estimular y engordar a Vox creyendo que de esa manera debilita y perjudica al PP en beneficio propio. Sin embargo, salvo en Cataluña, Feijóo y los populares ganan elecciones sin parar mientras que Sánchez las pierde. El sanchismo corre el riesgo de caer a mínimos históricos en España, tal y como le ha sucedido en Extremadura y Aragón. Pero eso a Pedro le da igual con tal de mantenerse en la Moncloa sin adelanto electoral para poder atrincherarse ante el cerco judicial que le acorrala por los casos de corrupción, empezando por los patéticos presos Ábalos y Koldo. Los españoles ya han entendido que ni Franco resucita con Vox ni los de Abascal son esa extrema derecha no democrática que bulo-propaga el sanchismo. Como mínimo es tanto o más democrática que los socios radicales sanchistas con pasado oscuro en busca de un futuro rupturista y antimonárquico no contemplado en la Constitución. Que Vox le quita votos al PP es cierto, pero que también se los quita al PSOE es una evidencia de los resultados electorales. El disputado voto del centro-derecha suma en realidad una mayoría absoluta frente a la amalgama minoritaria del Frankenstein. Como denuncia Page, Sánchez pretende que sus barones y alcaldes candidatos reciban la gran patada electoral destinada a su propio trasero sin comprender que en realidad el electorado le está castigando a él. Feijóo sabe muy bien que la recomposición del bipartidismo múltiple de bloques pasa por la connivencia previa con Abascal, pues salvo en Madrid, Vox impide la mayoría absoluta del PP. Se verá en Andalucía si los populares pierden la absoluta, aunque a JuanMa Moreno no le van a pillar en renuncios de ventorros y campañas prefabricadas como los cribados del cáncer o las catástrofes naturales tipo inundaciones imposibles de equiparar a la Dana. Está por ver que el disputado voto del centro-derecha reste a los populares en Madrid, Valencia o España, del mismo modo que es una incógnita saber si Abascal terminará siendo Albert Rivera. ¿Se acuerdan?, aquel juguete roto antisanchista que causó amplia frustración al frenar el cambio en su intento de sustituir al PP por Ciudadanos.
A Gabriel Rufián alguien le ha comido el coco para meterle en las entendederas que en un futuro distópico podría ser algo así como la nueva Yolanda Díaz masculina de la izquierda. Así que se ha liado la manta a la cabeza, seguramente espoleado por los cerebritos de la Moncloa, y anunció una especie de gira de recomposición de la izquierda o frente popular, pero sin Peugeot. Siendo tan independentista, sorprende esa ambición estatal de fundar una gran coalición nacional-republicana para frenar a PP y VOX, que por otra parte ya está en marcha con más de lo mismo. Puede que ERC haya infravalorado a este hooligan del republicanismo rupturista, que ha derivado en bufón antifascista. A lo mejor sólo era un órdago a Junqueras, un farol en medio de la nada que puede terminar dándole rédito personal. Ahora Rufián tendrá que comerse su gira pretenciosa destinada al fracaso, porque conseguir un Frankenstein dentro de otro Frankenstein no está ni siquiera al alcance del mago-brujo Sánchez, experto en chisteras, conejos y otros trucos pecaminosos de la política española. El teatrillo de Rufián es una representación más en el festival del tocomocho político.
Elon Musk irrumpe con vehemencia en la política española. Como Sánchez, Musk es un ser narcisista repleto de soberbia y egocentrismo capaz de elevar su vanidad hasta el espacio infinito. Tal para cual. Primero Musk insultó a Sánchez por intentar prohibir las redes sociales a los menores de 16 años en un claro acto electoralista que de nada le ha servido en el Ohio aragonés. Pero tras el batacazo electoral de la Alegría del sanchismo, el amigo de Trump ha vuelto a la carga. Musk vinculó la derrota socialista de Aragón a la regularización masiva de inmigrantes. Elon ha dicho en su red social X lo que muchos piensan en España, que esa regularización masiva de migrantes tiene una finalidad electoral para lograr los votos que el PSOE pierde entre su electorado. La UE le recuerda a Sánchez el peligro de efecto llamada pues hay política migratoria común. En el mismo post, Elon Musk llama “corrupto” al Gobierno español, después de que Sánchez hiciera sus arengas de mitin a costa de quienes satanizó como “tecnooligarcas”. Desde luego, es sabio el refranero español cuando dice que Dios los cría y ellos se juntan, aunque en este caso Elon y Pedro se juntan a palos.
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