Doscientos cincuenta años de los Estados Unidos

Publicado: 03 jul 2026 - 03:41
La Región

Mañana, sábado 4 de julio, se cumple un cuarto de milenio. En la misma fecha, pero de 1776, no nació sólo un país: nació una idea política de alcance mundial. Se consolidó el criterio de que la legitimidad del poder no desciende de una dinastía ni de una fe, sino del consentimiento imprescindible e inviolable de los gobernados. La Declaración de Independencia de las trece colonias británicas fue, en su contexto histórico, un acto excepcional. Aquella rebelión se formuló con un lenguaje universalista, racional y profundamente liberal: derechos inalienables, libertad individual y búsqueda de la felicidad. La Revolución Americana fue anterior y superior a la Francesa, su pálido y violento reflejo. Los “padres fundadores” de los Estados Unidos no eran unos santos, y presentaban fuertes contradicciones. Pero por eso es aún más impresionante el modelo que lograron consensuar. Jefferson, Adams, Franklin, James Madison, Hamilton o Washington evitaron diseñar una utopía y en cambio iniciaron un experimento político: limitar el poder, dividirlo, someterlo a reglas, impedir su concentración y proteger de él al individuo. Liberalismo cuasilibertario en vena. La Revolución Americana fue un avance formidable frente al imperialismo europeo del XVIII: los estadounidenses afirmaron que una comunidad política podía fundarse sobre derechos y no sobre el sometimiento a una corona. Francia y España ayudaron a los rebeldes, sin duda, pero sólo por su pugna geopolítica contra Inglaterra.

No es casual que aquel experimento naciera en colonias inglesas y protestantes, y no en las enraizadas en el absolutismo católico. La Reforma, con todos sus conflictos, había preparado desde siglos antes una cultura de conciencia individual, lectura directa de los textos sagrados, pluralidad religiosa y resistencia a la autoridad. Quienes habían aprendido a desobedecer al papa estaban mejor preparados para desobedecer a un lejano rey colonialista. Nació una forma de comunidad política desconfiada del poder concentrado, habituada al autogobierno local y más abierta a la coexistencia de credos y costumbres. La independencia norteamericana no puede explicarse sólo por el legado de la Reforma, pero difícilmente se entiende sin ella. La Constitución de 1787 y la Carta de Derechos de 1791 completaron el impulso revolucionario de los norteamericanos.

No es casual que aquel experimento naciera en colonias inglesas y protestantes, y no en las enraizadas en el absolutismo católico

Madison lo resumió de forma memorable: “La ambición debe contener a la ambición”. Es decir, no bastaba confiar ingenuamente en la virtud de los gobernantes. Había que construir mecanismos de contrapeso para impedir que arrasaran la libertad: separación de poderes, federalismo, garantías individuales, libertad de expresión, libertad de prensa, derecho de petición y prohibición de establecer una religión oficial. Todo ello conformó una arquitectura política nueva, singular. La separación Iglesia-Estado fue una de sus conquistas más valiosas. Washington prometió en 1790 que el nuevo gobierno no daría “a la intolerancia aprobación, ni a la persecución asistencia”. Los nuevos Estados Unidos ofrecían una promesa radical: ciudadanos distintos con credos distintos, pero iguales ante una ley civil común. Las colonias no eran homogéneas: convivían ingleses, escoceses, irlandeses, alemanes, neerlandeses, judíos, cuáqueros, católicos minoritarios, presbiterianos, anglicanos, disidentes religiosos y comunidades nativas muy distintas. No era una nación étnica más, sino una república de principios.

Pero con el tiempo, los Estados Unidos se fueron alejando parcialmente de su impulso fundacional. El centralismo de la capital federal creció y el equilibrio entre Estados, comunidades e individuos se inclinó hacia una concentración que los fundadores habrían rechazado. La deriva actual del nacional-populismo MAGA agrava esa deriva. Los trumpistas presumen de 1776 pero con frecuencia agreden a lo más valioso del legado americano: la limitación del poder, los contrapesos institucionales, la separación Iglesia-Estado, la apertura cultural y la igualdad ante la ley. Confunden patriotismo con culto al líder, libertad con resentimiento, soberanía popular con voluntad plebiscitaria e identidad nacional con exclusión. Este trumpismo furioso no retoma la Revolución Americana, sino que traza su más denigrante caricatura. Celebrar los 250 años de la independencia estadounidense exige defender su verdadero significado frente a sus falsificadores. Estados Unidos fue grande porque ofreció al mundo una idea política exportable: el poder debe ser limitado, la conciencia debe ser libre, el gobierno sólo es legítimo mediante el consentimiento y a nadie se debe forzar a arrodillarse ante el Estado. Dos siglos y medio más tarde, el asombroso experimento estadounidense sigue incompleto y está más amenazado que nunca por el indeseable que ocupa la Casa Blanca y por todo el movimiento inculto e identitario que representa. Pero sigue siendo uno de los mayores avances de la historia universal de la libertad. Y precisamente por eso merece ser celebrado como una promesa liberal global que todavía apela a los mejores seres humanos.

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