Xabier Limia de Gardón
ARTE ET ALIA
Antón Pulido foise a pintar o vento na kermesse eterna
TRIBUNA
Dos niños reciben el mismo diagnóstico: diabetes tipo 1. Ambos disponen del mismo tratamiento y las mismas recomendaciones médicas. Sin embargo sus posibilidades de supervivencia, manteniendo la enfermedad bajo control, pueden ser muy distintas. Y es que en ocasiones la diferencia no radica en la insulina, sino en el lugar donde nacen, en la educación de sus familias o en los recursos a su disposición.
Al hilo de estas reflexiones, lamentamos la desgraciada muerte de un joven diabético inmigrante en Ceuta, de 17 años de edad, ocasionada por el deficiente control y tratamiento de su enfermedad.
Durante décadas hemos entendido la diabetes como un problema estrictamente biológico. Hoy sabemos que esa visión resulta incompleta. La investigación ha demostrado que el control de la glucosa en la sangre no depende solo de la medicación o de la disciplina del paciente. Influyen también factores mucho menos evidentes como el nivel educativo, la estabilidad familiar, la situación económica, el apoyo social o la dificultad para ser atendido por los servicios sanitarios.
Las cifras hablan por sí solas. En los países donde el acceso a la insulina y a la atención especializada está garantizado, la esperanza de vida de los niños con diabetes tipo 1 puede aproximarse a la de la población general. En cambio, allí donde estos recursos siguen siendo un privilegio, la enfermedad continúa cobrándose vidas durante la infancia y la adolescencia. La biología es la misma; las oportunidades no.
Ningún sensor de glucosa puede resolver, por sí solo estos problemas.
Las desigualdades existen asimismo dentro de los países desarrollados. Diversos estudios muestran que el nivel educativo de la madre se relaciona con un mejor control metabólico de los hijos. En España se ha observado además que los niños que se desarrollan en entornos familiares estables, donde ambos progenitores comparten sus cuidados, presentan una mayor adherencia al tratamiento y mejores niveles de hemoglobina glicosilada (HbA1). Y no es porque tengan una enfermedad distinta, sino porque cuentan con más apoyo para convivir con ella.
La adolescencia pone de manifiesto otra realidad menos visible. Muchos jóvenes abandonan el seguimiento sanitario porque sienten vergüenza de administrarse insulina delante de sus compañeros, porque las recomendaciones médicas chocan con sus costumbres o porque, sencillamente, nadie les acompaña en una etapa especialmente compleja. Ningún sensor de glucosa puede resolver, por sí solo estos problemas.
Aquí es donde la comunidad adquiere un papel decisivo. En España existen más de 22.000 farmacias comunitarias, una red sanitaria presente incluso donde otros recursos escasean. Son establecimientos cercanos, accesibles y con profesionales capaces de informar, educar y acompañar a las personas con diabetes mucho más allá de la dispensación de medicamentos.
La ciencia lleva años recordándonos una lección incómoda: la salud no se construye únicamente en hospitales y consultas. También se construye en las escuelas, en las familias, en los barrios y en las políticas públicas. Si queremos mejorar el control de la diabetes, no basta con desarrollar mejores fármacos. También debemos reducir las desigualdades relacionadas con el código postal o el lugar de nacimiento de los pacientes.
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