Antón Giráldez
TRIBUNA
Territorio emprendedor
Quienes nos pasamos el día comentando en los medios los azares políticos, escribimos con alegría sobre lo “woke” y el “wokismo” sin reparar en que todavía hay lectores que no tienen ni idea de lo que significa. En su origen fue una forma coloquial de decir “awake”, despierto en inglés, o lo que es lo mismo, lo contrario de como estaba Biden durante la toma de posesión de Trump. El término, concebido como una llamada a permanecer alerta, tuvo su minuto de fama a mediados del siglo XX y resucitó en su esplendor hace 15 años de la mano de Black Lives Matter, movimiento antirracista de homenaje a los consumidores de fentanilo.
¿Por qué habríamos de estar “despiertos”? Es una gran pregunta, cuando la mayoría del planeta lo que desearía estar en la cama todo el tiempo posible. Las llamadas woke se han centrado en una amalgama de reivindicaciones de la izquierda posmoderna, que incluyen entre otras cosas la justicia racial, el feminismo, las doctrinas “queer” (otro día hablaremos de este palabro), o el ambientalismo, cosas que tienen tanto que ver como yo la madre del topo.
El wokismo salió de su jaula americana y se volvió global gracias a la transversalidad con que se impulsaron sus eslóganes, hasta convertirse en una doctrina de obligada aceptación por todo aquel que quiera seguir viviendo en Occidente, excluyendo a quienes proceden de culturas defendidas por el wokismo pero incompatibles con él, que amablemente nos visitan en calidad, al menos temporal, de ilegales.
Pero no se trata de una estructura ideológica, sino de un cajón desastre en el que el progresismo ha dejado caer todas aquellas reivindicaciones que permiten fragmentar a la sociedad en trocitos fácilmente explotables como caladero de fidelidades.
El wokismo es un Babel identitario sin más amalgama que el propio término, woke. Por eso su declive se está produciendo a tanta velocidad como su ascenso.
Por supuesto, el wokismo no ha sido derrotado solo por los votantes americanos en su histórico respaldo a Trump, sino que ha caído por la fuerza de la verdad: la mayoría de sus postulados, desde la mutilación de menores financiada con dinero público hasta la obsesión totalitaria contra la industria del automóvil, pueden sonar bien en un libro, pero su aplicación práctica convierte nuestras sociedades en estados soviéticos irrespirables, donde la ruina económica lo pudre todo de abajo a arriba, y donde la libertad se paga con impuestos, multas y cancelaciones, es decir, censura.
Primero fue Argentina, después Estados Unidos, y Europa, la última en sumarse a la idiotez woke, cuenta aún con una interminable ristra de políticos, tanto de izquierdas como de las derechas acomplejadas, incapaces de aprenderse el nuevo estribillo, y empeñados en su fidelidad a la paranoia climática, al sinsentido de los mil y un géneros, y a la quimera de un multiculturalismo pacífico.
Da igual, si no cambian el paso a tiempo, otros ocuparán su lugar, como puede observarse en la emergencia en toda Europa de nuevos partidos de derecha desacomplejada, que basan su éxito en atender a algo que tanto los socialdemócratas como los populares europeos han olvidado: la gente real.
La mayoría de la gente no tiene entre sus prioridades cotidianas el color de su piel, o lo que lleva en la entrepierna, o salvar el mundo de una hecatombe climática, sino sobrevivir. Tienen bastante con lo suyo sin necesidad de preocuparse de problemas imaginarios diseñados por excéntricas y elitistas universidades progresistas de Estados Unidos. No sabemos cómo será el amanecer, pero por el momento, el crepúsculo woke es una gran felicidad para todos, incluso para los que todavía creen que hay algo relevante que lamentar en la pérdida, por más que serían incapaces de detallarnos de qué demonios se trata.
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