Luis Carlos de la Peña
CAMPO DO DESAFÍO
Las nuevas generaciones vivirán mejor
De algo hay que morir. Fue la frase exacta que pensé en aquel momento. Alrededor voces desencajadas, desfiguradas. Las caras se habían alargado, distorsionado. Y las siluetas de los cuerpos danzaban con ritmo de bucle áspero.
Me acordé del Pequeño Ayudante de Santa Claus. Las luces de las farolas eran estrellas similares a los destellos que se forman en el parabrisas cuando llueve y transitas por una carretera nacional. Yo permanecía en el portal, sentado.
Un tambaleo a la derecha, otro a la izquierda. La cabeza colgando. Me comunicaba con los dedos de las manos, el pulgar para decir que estaba bien, el corazón para mandar a la mierda a los transeúntes chismosos.
El meñique para hacer promesas que no valen nada. Y a cada rato pensaba: de algo hay que morir. Al beber agua de medio lado distinguí a duras penas un letrero: Barmacia, y aún en mi estado de percepción imprecisa, pensé de nuevo en lo absurdo de los nombres de los bares de mi ciudad.
Barmacia, Búnker, Ceda el vaso. Visualicé cientos de pies. Zapatillas de deporte -que mi abuela todavía llama basquines- varias Salomon, muchas Art que la gente inflaba con calcetines. Incluso unos botines camel de piel vuelta que todo el mundo sabe que se llaman pisamierdas.
Vi mis propios pies, arrastrados en los adoquines. Me dormí, creo, durante varios segundos. Y digo creo porque dejé de escuchar los murmullos, los ánimos y las risas, y di por hecho que era mi propia fase REM eliminando todos los sonidos. - A ver si me morí un rato y volví-.
Y una pequeña bofetada dócil me sacó de mi suposición estúpida. Por mucho que me concentrase en hablar, no era capaz más que de emitir algún balbuceo ininteligible, un ronquido, y escupir, escupir de varios colores. Una voz, de pronto azul, me explicaba con cadencia de final de canción, que habían llamado al Samur, que no tardaría en llegar. Que me iba a poner bien. Y otra vez: de algo hay que morir.
Conseguí echar la cabeza hacia atrás, sin abrir los ojos, que ya de morirme, pues no quería ver a nadie que no fuese mi madre. Y de hacerlo, renunciaba a que la última imagen de mi vida fuese la cara de Ramón mirándome con el “ya te lo advertí” tatuado en las pupilas.
Apareció de repente un tipo alto, juraría rubio, y algo mayor que yo. Aunque, dado mi estado, también podría tratarse de Danny DeVito. Me metió en un coche, apostaría que un Renault Megane amarillo, dejé caer los parpados. Y arrancó. Al abrir los ojos de nuevo estábamos frente a mi casa. - ¿Por qué no vino el Samur?- pregunté. -
El Samur soy yo, Samuel, pero todos me llaman Samur porque siempre aparezco para resolver emergencias. Aquella noche no fue la última vez que vi al Samur
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