Enhorabuena, Portugal

Publicado: 25 sep 2026 - 03:10
Enhorabuena, Portugal.
Enhorabuena, Portugal. | José Paz

Enhorabuena, Portugal. Por segunda edición consecutiva y cuatro años después de alcanzar por primera vez el primer puesto, nuestro país vecino vuelve a encabezar el Índice Mundial de Libertad Moral (WIMF), que acabamos de publicar en la Fundación para el Avance de la Libertad y del que soy coautor. Sus 89,84 puntos sitúan a Portugal por delante de los Países Bajos en la clasificación de 161 países analizados. Y nos da pie para recordar algo que hoy vuelve a cuestionarse: la vida de cada uno pertenece, ante todo, a cada uno. El WIMF nació en 2016 para medir una dimensión de la libertad mucho menos estudiada que la económica o la política. Su pregunta es sencilla: ¿hasta qué punto puede una persona adulta tomar sus propias decisiones morales sin que el Estado las tome por ella? La edición de 2026 utiliza diecisiete indicadores agrupados en cinco áreas: creencias, cuestiones bioéticas, sustancias adictivas, libertad sexual y cuestiones de género. No pretende establecer qué conducta es virtuosa o no: sólo mide cuánto espacio deja el poder a la conciencia individual. Esta distinción es crucial. Defender que algo sea legal no equivale a recomendarlo. La libertad moral no celebra ni censura las conductas controvertidas. Se afianza algo mucho más elemental: que quien quiera vivir conforme a un código moral estricto pueda hacerlo, pero no pueda imponer ese código, mediante el poder coercitivo del Estado, a quienes no lo comparten. Dicho de otra manera: una persona religiosa debe ser libre de obedecer los preceptos de su fe y organizar su vida en consecuencia. Pero su religión la obliga a ella, no al vecino. Una mayoría tampoco adquiere, por ser mayoría, un derecho de propiedad sobre la intimidad de la minoría. El liberalismo comienza precisamente cuando aceptamos que las personas adultas pueden discrepar radicalmente acerca de cómo vivir sus vidas.

La libertad moral es quizá la prueba más incómoda del compromiso con la Libertad en general, porque obliga a defender la decisión ajena precisamente cuando el otro elige algo que nosotros jamás elegiríamos o nos parece mal

Esta idea vuelve a ser urgente. Tras décadas en las que parecía avanzar la autonomía personal, regresan con fuerza los identitarismos, las políticas de pertenencia y la tentación de convertir convicciones colectivas en obligaciones individuales. Unos invocan la nación; otros, la religión, la tradición o la comunidad. Cambian las banderas y los catecismos, pero la pretensión es reconocible: decirnos quiénes somos y, a continuación, cómo tenemos que vivir. La amenaza no procede solamente del conservadurismo religioso. También existe un moralismo coercitivo que se presenta como moderno, secular o progresista y pretende disciplinar comportamientos, expresiones e identidades. Moralismos hay muchos, pero los moralistas son todos iguales: unos dictadores. La orientación de la coacción importa menos que su deplorable existencia. Tan liberticida es obligar a alguien a vivir según una moral tradicional como impedírselo. Por eso resulta tan significativo el caso portugués. Portugal demuestra que una sociedad de fuerte tradición católica y pasado político conservador puede construir un marco jurídico extraordinariamente respetuoso con la autonomía personal. La cultura no es el destino. Uruguay, tercero del mundo, refuerza la misma conclusión. Colombia y México entran también entre los diez primeros. La libertad moral no es una peculiaridad protestante, nórdica o anglosajona, aunque esos países suelen estar bien posicionados en el ránking. Sin embargo, el panorama general invita a la preocupación. En 2020, 76 de los 160 países estudiados alcanzaban al menos los 50 puntos que el índice considera como umbral de una libertad moral aceptable. En 2022 eran 72. En 2026 son únicamente 68 de 161, el 42,2%. No estamos ante un derrumbe universal pero la tendencia merece atención. La paulatina generalización mundial de una amplia esfera de autonomía individual ya no puede darse por descontada.

La libertad moral es quizá la prueba más incómoda del compromiso con la Libertad en general, porque obliga a defender la decisión ajena precisamente cuando el otro elige algo que nosotros jamás elegiríamos o nos parece mal. Tolerar sólo aquello que aprobamos no es tolerancia. Respetar únicamente las decisiones que coinciden con nuestra ética no es libertad. La Ilustración nos legó una idea revolucionaria que convendría no olvidar en esta época de tribus resucitadas: el ser humano es un agente moral, no el material con el que iglesias, partidos, naciones o mayorías construyen sus proyectos colectivos. Podemos persuadir, discutir, predicar, aconsejar y criticar. Lo que no debemos es convertir nuestras convicciones personales en grilletes para los demás. Así que enhorabuena, Portugal, por ser el país que permite, en una medida mayor que cualquier otro, que cada ciudadano decida su código moral. Y enhorabuena también a los Países Bajos, segundo clasificado, cuya larga tradición de tolerancia confirma que respetar opciones vitales diferentes no debilita a la sociedad: la fortalece. Portugal y los Países Bajos, con historias y culturas distintas, coinciden en una enseñanza clave: un país no necesita que sus ciudadanos compartan un mismo código, sino que convivan en libertad con los de los demás.

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