Jaime Noguerol
EL ÁNGULO INVERSO
Entra que cenas
EL ÁNGULO INVERSO
Insistía García Márquez que el escritor tiene la obligación de acercarse a los malditos, a los que militan en el lado oscuro. Suelo seguir su consejo.
Te cuento, hermano lector. Agustín vive en la calle. Es un buen tipo. Día y noche recorre la ciudad. No hay cubo de basura en la ciudad que él no haya revisado. Tenías que verlo. Se acerca, olfatea como un perro o un zorro en cada bolsa. Y cómo sus manos ennegrecidas buscan dentro y, con cierta frecuencia, encuentra algunas cosas de valor, que después vende.
Pero mi amigo y yo le preguntamos cómo había pasado las navidades. Sólo tuvo un día memorable. “Ya os conté que voy a un piso del extrarradio donde compro “lo mío”. Ahora las cosas funcionan así. Pagas, te sientas en una mesa y te metes lo que compras, sin prisas”. Vamos, como aquellos míticos fumaderos de opio chinos.
Sucedió que el día antes de Nochebuena el camello preguntó quién quería cenar allí. Yo me anoté. Éramos nueve. `Todos aquí a las once´, dijo el fulano. Cuando entré, el piso estaba engalanado con banderitas, velas y villancicos. Créeme, parecía una bacanal romana. Langostinos, cordero, toda clase de dulces, incluso turrón duro. Nos fuimos sentando a lo largo de una mesa. Sorprendido vi que al lado de cada plato había una bolsita, ya sabes.
Nos quedamos allí toda la noche. Cantamos, reímos... el mundo era un cuento de hadas. A eso de las 10, el fulano dio unas sonoras palmadas: “se acabó la fiesta”.
Esa noche el fulano derrochó generosidad. Nos dio un número a cada uno: “es un sorteo: quien gane, se lleva una bolsita especial”.
Nos quedamos allí toda la noche. Cantamos, reímos... el mundo era un cuento de hadas. A eso de las 10, el fulano dio unas sonoras palmadas: “se acabó la fiesta”.
Pensarás que los camellos también tienen su corazoncito. Pero a partir de esa hora, si vas a comprar y te faltan 30 céntimos, no mendigues: no te los dará.
A algunos afortunados, el camello les fía y va tomando nota. Cuando llega el día de la escasa paga, la RISGA, uno de sus delfines les acompaña hasta al cajero, a las 12 de la noche, justo cuando cambia el día y la cuenta recibe el ingreso. Es un espectáculo ver la cola esperando nerviosamente.
(Agustín se va. Extiende su mano y le damos lo suyo. Antes dice: “Estos días de Navidad, la gente suele dejarte una moneda, pero ahora viene enero. Terrorífico mes”. Cuando se va, dice: “me voy al tajo. La basura es el único sitio donde puedes encontrar de todo”. Mi amigo y yo nos decimos: “Seguro que García Márquez sonreiría”).
En esta ciudad abundan los poetas secretos, que no buscan la gloria. Algunos tiran las hojas y otros guardan los poemas entre sus llbros.
Esta ciudad siempre tuvo un aura literaria. Recordemos a Nós. Lo cierto es que llega a mis manos un libro sorprendente de una poetisa perturbadora: Mercedes Martínez Montero. Conoce tan bien el dolor porque tiene un máster de drogodependencia y trabaja en ello.
Te cuento del libro: Runrún de letras. Son poemas para leer lentamente. Certeros y con frecuencia nostálgicos. Nombra a Rosalía pero yo reconozco en ellos la ciudad de Salamanca de arte, saber y toros. Allí estudió y esa experiencia la marcó.
Hermosos versos. Por ejemplo: “Estoy escribiendo una invitación / a todos los hombres que amé / para que asistan a un baile de gala / en el que bailaremos por última vez”.
Alguien define sus versos como “llenos de imágenes sutiles y contundentes”. Versos limpios, delicadamente limpios. También está Machado: “solo a donde se va es un camino”.
Me conmovió un poema valiente y dolorido: “a la mentira / al mentiroso / a los que alzan la palabra para envenenar el agua de la fuente”, la poetisa los maldice al final del poema: “Cobardes, cobardes / Malditos miserables”.
Mercedes Martínez Montero. “Runrún de letras”.
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