Arturo Maneiro
PUNTADAS CON HILO
Los destellos de Sánchez
Esto de normalizar el mal, de dar por amortizados o extinguidos los fundamentos más elementales de la convivencia entre las personas o entre las naciones, esto que algunos gobiernos, como el de Alemania, asumen hoy por seguidismo del autoproclamado rey, o emperador, o casi dios del mundo, no puede sino regresar a la humanidad a la barbarie, ese estadio anterior a todo donde parece sentirse feliz ese apócrifo rey, o emperador, o casi dios.
Porque España (esto es, los españoles o la mayoría de ellos) no es servil, su Gobierno ha decidido con muy buen juicio no sumarse a la pléyade de los genuflexos y de los rendidos que, por no enemistarse con la gárrula divinidad, se someten a sus desafueros, convirtiéndose en cooperadores y arrastrando la voluntad de sus pueblos, contrarios a la guerra, por el suelo. Pero la decisión del Gobierno de España de no permitir el uso de las bases americanas en nuestro suelo para un fin que no se ciña a la legalidad internacional no es, en puridad, una decisión unilateral, sino obediente al acuerdo establecido en su día entre las dos naciones.
Su Gobierno ha decidido con muy buen juicio no sumarse a la pléyade de los genuflexos y de los rendidos que, por no enemistarse con la gárrula divinidad, se someten a sus desafueros, convirtiéndose en cooperadores y arrastrando la voluntad de sus pueblos, contrarios a la guerra, por el suelo.
Trump, que no soporta la menor contradicción de nadie a sus designios, ha respondido a la rigurosa aplicación del acuerdo sobre las bases, que otorga a España, por cierto, la última palabra sobre su utilización, revolviéndose, llamándonos de todo menos bonitos y profiriendo incongruentes amenazas. Potencias mayores pero más “pragmáticas”, es decir, acobardadas, han concedido su concurso, bien que con melindres y algún reparo, en el aberrante ataque a Irán que ha hecho saltar en mil pedazos la siempre frágil estabilidad de la región y de todo el planeta. ¿Cómo se atreve España, entonces, a enmendar la plana al rey, o emperador, o al casi dios del mundo, enarbolando la enseña del derecho internacional, de la diplomacia y de la paz?
Esto de ir normalizando el mal, el delito, la amoralidad, la traición, la ley del más fuerte, el atropello, el desprecio de la vida, tiene enfrente, al menos, un gobierno, una nación, que se niega a hacerlo, que no es servil, que cree en la ley, en la concordia y en la razón.
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