Itxu Díaz
CRÓNICAS DE PRIMAVERA
España nunca te perdona sus traiciones
CRÓNICAS DE PRIMAVERA
Vivimos en un país maravilloso, quizá el mejor para vivir y disfrutar de la vida. Tenemos una historia gloriosa y, si no fuera por la pandemia embetunada de buena parte de la clase política, nuestra postal seguiría siendo una foto luminosa, mediterránea, próspera y alegre. Pero es mal país para triunfar. Tengo simpatías y respeto por un número muy reducido de los grandes nombres del cine español. Antonio Banderas es uno de ellos. Por lo que hace, por cómo ha llevado su carrera, y porque su amor a la cultura española está fuera de toda duda. Fruto de ese romanticismo, lanzó hace años su Teatro del Soho CaixaBank en su ciudad natal, Málaga, por la que tanto ha hecho. Algún envidioso cretino ha filtrado que el actor se ha arruinado a raíz de ese proyecto. Lo ha desmentido en un comunicado y me parece bien, pero no deja de tener su gracia el odio que despierta en ciertos sectores de nuestra sociedad, que alguien exitoso decida emprender un proyecto cultural, no para hacer negocio, sino para dar rienda suelta a su gran pasión por el teatro. Hay cornadas, Antonio, que son medallas. Adelante.
Días difíciles para Sara Carbonero tras el fallecimiento de su madre. Ha reaparecido esta semana, junto a su socia Isabel Jiménez, en la inauguración de un nuevo punto de venta de Slowlove –la firma de moda de ambas- en el centro comercial Moraleja Green de Madrid. De la manera más improvisada posible, Sara ha dado a la prensa grandes lecciones de vida en tan solo un par de minutos. No existen recetas ideales para el duelo, que cada uno vive a su manera, pero volver a lo básico, como ha explicado, resulta un buen principio: rodearse de amigos, cuidar más a la familia, y no dejar de hacer cosas, aunque se lleve una pena en el alma. En las fotos de la apertura del punto de venta, Sara no sonríe, pero exhibe una belleza serena y cautivadora, que refleja exactamente esa batalla interior entre la tristeza que se queda dentro, y la vida que sigue su curso fuera.
El famoseo español es una mezcla divertida entre aristocracia de ayer, pelotazo de mañana, y un montón de televisivos –y ahora influencers- de diferente consideración intelectual. En medio de ese berenjenal emergen personajes singulares, que acostumbran a llevar por sobrenombre algo que nos conduce a sus orígenes. Es el caso de Luis Miguel Rodríguez, “El Chatarrero”, cuyo sobrenombre se explica en el origen de su fortuna. El empresario fundó en 1982 Desguaces La Torre en el kilómetro 25 de la carretera de Toledo. Tras firmar suculentos contratos en los 90 –incluyendo el de la gestión de vehículos abandonados en la ciudad de Madrid-, el desguace del Rey de la Chatarra se convirtió en el más grande del mundo, con más de un millón de metros cuadrados. Tras dejar atrás su condición de ex de Carmen Martínez-Bordiú y Ágatha Ruiz de la Prada, el exitoso millonario frecuenta jóvenes bellezas con las que se deja ver en Las Ventas, como esta misma semana, en plena Feria de San Isidro.
A mi me van a perdonar, pero siento gran debilidad por Victoria Federica de Marichalar, por su porte y estilo, y, más que nunca, cuando la temática se vuelve rociera. Esta semana ha acaparado todas las miradas, con vestimenta desacomplejadamente tradicional, peregrinando en la romería del Rocío, costumbre que heredó de su madre y su abuela. Hay algo verdaderamente mágico y embellecedor cuando una de nuestras famosas más seguidas se entrega a una actividad popular que disfruta, sin necesidad de recurrir a un solo gramo de impostura o, si lo prefieres, postureo. Veo más Victoria Federica en esta fiesta del Rocío que en todas las fotos que le arrojan a traición los paparazis en cualquier esquina perdida de la noche madrileña.
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