Un espía en la ciudad del Vaticano
Aunque a usted le parezca increíble, créaselo, me gustaría ser invitado por algunos de los dicasterios del Vaticano, para pasar unos días con el santo padre. Qué emoción recibir tal invitación desde la Curia Romana. Mientras eso no ocurra, aunque ya estamos en ello, déjenme adivinar ese mundo en el que los misterios se mezclan con lo secreto y lo extraordinario:
Qué majo el papa. A la mañana, bien temprano, supongamos que a las siete, la madre superiora del convento que lo atiende tomará su campanilla y la agitará para que él se despierte. Él, claro, se despertará, pero entre sueños todavía, se resistirá y se dará la vuelta y se dirá: “Vaya horas. Sea usted papa para esto”. Y de nuevo se quedará dormido como un angelito gordezuelo del Neoclásico.
La reverenda madre se pondrá nerviosa y pasado un tiempo le llamará en la puerta con sus nudillos: “Santidad, que le son las ocho y hoy tiene visita del señor presidente de Estados Unidos”… y el papa, que es un santo, pero con un sueño peruano, le dirá: “¡Mecachis!”... porque un papa no va a decir una palabrota y ya sus secretarios le tienen seleccionados otras palabras sustitutivas de los pecados que decimos nosotros al estar enfadados y molestos.
Ese día, más que ducha larga, se meterá un manguerazo, peinará sus cuatro pelos y se echará un poco de colonia con olor de santidad, que es lo propio y lo más indicado.
Luego se irá a la capilla y rezará con unción como siempre: el Señor le escuchará con afecto y cariño todo lo que le explique, de lo jorobado que está el mundo, de las guerras dramáticas, de algún presidente impertinente, de su pueblo, de los no creyentes que con todo son buenas gentes… de esto y lo otro… Me parece a mí, es lo más seguro, que entonces le sonreirá desde el crucifijo de nácar y terminará, cómplice, guiñándole un ojo. Es pura confianza con el sucesor de san Pedro.
Sobre la mesa del despacho, un montón de papelotes con los temas más variados. Los mirará de reojo, los acercará, los palpará con los dedos. Y cada día lo mismo. Cada tema es sobradamente interesante. Nada humano le es ajeno a la Iglesia, dice algún documento.
Qué majo el papa. Si mis deseos se hubiesen cumplido, estaría ya veraneando con él en Castelgandolfo. Seguro que cordialmente nos contaríamos anécdotas, historietas y cuentos, los de él divertidos e inteligentes y no lo serían tanto mis payasadas y enredos:
“Pues ya sabe su santidad, según la tradición judeocristiana, basada en el libro de Joel, cuál será el escenario del Juicio Final. Pues esto es, que era, que el Padre Eterno, al final de los tiempos, estaba observando cómo se iban colocando unos y otros en el valle de Josafat.
”Se dio cuenta que se estaba formando una fila extremadamente larga de gentes vestidas de negro, que no llevaban palmas sino un plástico en la garganta de color blanco. Él, que todo lo sabe, intentó recordar quieres eran. Un arcángel se lo recordó: ‘Esos son los célibes, Señor’… Y Dios Padre se acordó, chasqueó los dedos y dijo con aplomo y desparpajo:
”−Ah, ya sé… aquellos herejes del Concilio de Elvira. Bueno… siempre han sido unos buenos muchachos”.
Se reiría abiertamente este papa 14, recordando también aquellas bromas que se inventaban, sin mala intención, siendo adolescentes
Me gustaría compartir su merienda. Recordemos el menú: 1. Tocino de cielo. 2. Pequeño trozo de empanada de sardinas (recuerdo perenne del pescador). 3. Alguna fruta variada (excluyendo claro la pecadora manzana), y una porción adecuada de “pionono”, esa masa riquísima de huevos, azúcar, harina de trigo y un toque de anís de fray Copernico.
Para beber, sólo agua, pero fresquita de la fuente de santa Olaya… y a lo sumo una pizca de vino de misa de los paules de Villafranca.
Nos daríamos un paseo por aquellas sombras que se acuestan agotadas sobre el césped bajo el árbol de Abraham o bajo el espino sagrado o bajo el baobab y escucharía con emoción el canto de los pequeños pájaros y los saludos de colorines del cuerpo de guardia. Esos suizos que llevan pantuflas de las mil y una rayas. Entiendo que mi presencia les pusiese nerviosos, porque se dirían: “¿Quién es ese que pasea con su santidad con tal falta de decoro y respeto?”
Es un periodista de La Región, un mindundi, un espía que curiosea para que a usted en la piscina o en la playa se tome una cervecita leyendo esta prensa tumbado feliz sobre la hamaca.
Qué majo el papa con su gorrita blanca…
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