Antígona, la estirpe maldita

TINTA DE VERANO

Publicado: 22 jul 2026 - 03:10
La Región

Mérida, capital de la Comunidad Autónoma de Extremadura, es un buen ejemplo de cómo una pequeña ciudad de provincias -su padrón no alcanza los 62.000 habitantes-, muy calurosa en verano y sin costa puede consolidarse como polo institucional y turístico, entre otros aspectos, gracias a su magnífico Festival Internacional de Teatro Clásico que se celebra cada (tórrido) estío en el imponente marco de su Anfiteatro Romano.

Por allí desfilarán en estas semanas (o lo han hecho ya) desde obras puramente clásicas, como Medea, de Eurípides, o La Comedia de la Olla, de Plauto, hasta versiones adaptadas de (o inspiradas en) la dramaturgia romana, como Timón de Atenas, de Shakespeare, o Cómicos de Roma de David Mamet. La apuesta no se queda ahí, sino que alcanza a otras disciplinas, con la representación, por ejemplo, de Spartacus, a cargo del Ballet de Düsseldorf.

Entre la variedad de espectáculos programados se encuentra “Antígona, la estirpe maldita”, una versión de Ricardo Iniesta basada en textos clásicos, cuya puesta en escena conjuga en una sola representación las múltiples versiones escritas a lo largo de 25 siglos, tras una investigación escogiendo entre las aportaciones más expresionistas y vanguardistas, combinándolas con las tragedias griegas originales.

En la de Sófocles, el núcleo se centra en la decisión del rey Creonte, al decretar que Polinices, considerado traidor a Tebas, no debe recibir sepultura. Su hermana Antígona desobedece la orden y lo entierra igualmente. La tragedia funciona porque ambas posiciones tienen cierta legitimidad: mientras que Creonte defiende la ley de la ciudad y la estabilidad del poder, Antígona defiende una ley moral anterior y superior.

Antígona nos muestra cómo la fidelidad se refiere, ante todo, a la constancia respecto de un compromiso

Si Antígona hubiera querido simplemente ser fiel al poder establecido, habría obedecido a Creonte, permaneciendo dentro del orden político y aceptando la decisión del rey, aunque le pareciera injusta. Pero ella actúa de otro modo, considerando una obligación superior: el deber hacia su hermano, hacia los dioses y hacia una ley moral no escrita. Por eso desobedece. Es decir, aunque deja de ser fiel a la autoridad, permanece leal a un principio.

La fidelidad, entendida como obediencia o permanencia junto a una persona o institución, le exigiría someterse al decreto de Creonte. La lealtad, entendida como fidelidad a lo que uno considera justo, le exige precisamente lo contrario: desobedecer. Por eso Antígona es un ejemplo tan potente. No es una rebelde caprichosa. No actúa por interés personal. Actúa porque cree que obedecer sería una traición más profunda que desobedecer.

Antígona nos muestra cómo la fidelidad se refiere, ante todo, a la constancia respecto de un compromiso. Se trata de permanecer unido a una persona, a una institución o a una promesa. Se es fiel a la pareja, a los amigos, a la bandera, o a un juramento. En cambio, la lealtad tiene más que ver con la rectitud en la relación con otra persona: quien es leal no solo permanece, sino que actúa honestamente incluso aunque le resulte incómodo.

En la vida pública, se suelen confundir lealtad y fidelidad. Sin embargo, una institución mejora gracias a quienes son lo bastante leales como para señalar sus errores. Quien calla para conservar el favor puede ser un colaborador fiel, pero difícilmente será leal. De todo esto trata Antígona, que los afortunados emeritenses podrán disfrutar en su modesta, pero culturalmente dinámica -aun en plena canícula- ciudad de provincias sin playa.

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