Carlos Risco
LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ
El chalecito anónimo de Marcelo Macías
Escucho muchos comentarios en radios, leo no pocos artículos en la prensa escrita, calificando de “polémica” y hasta de “inoportuna” la visita de los Reyes a China “precisamente en estos momentos”. Sigo sin entender las reticencias de una parte de la sociedad política y mediática española al hecho de que Pedro Sánchez visite Pekín -lo ha hecho tres veces en los últimos años- o que ahora lo hagan Felipe VI y doña Letizia.
China es de hecho la segunda potencia mundial, tiene los brazos abiertos, o casi, para estrechar lazos con nuestro país y, digan lo que digan, todos los países europeos, comenzando por la “locomotora” franco-alemana, tienen sus ojos puestos en Pekín. Es este un fenómeno provocado sin duda por la actitud desafiante, hostil, con la UE en general, y con España en particular, de un Donald Trump que ha destrozado la seguridad jurídica del comercio mundial, que ha hecho de las malas formas la tónica de la política internacional y del “make America great again” un lema para la insolidaridad.
Estados Unidos ha dejado de ser aliado preferente, escudo defensor y, lo que es peor, espejo para una democracia. En menos de nueve meses, la presidencia de Trump lo ha dinamitado todo, provocando un patente desconcierto en las capitales europeas. No puede resultar extraño que Europa, y el mundo, vuelvan los ojos hacia ese enorme socio comercial que puede ser un país habitado por mil cuatrocientos millones de personas y en pleno desarrollo económico. No tema, no le aburriré con las cifras del comercio bilateral, pero sepa, solamente, que las importaciones y exportaciones españolas crecen a un ritmo superior al diez por ciento anual: ahí hay futuro.
Y si el “Diario del Pueblo”, órgano que refleja las posiciones oficiales chinas, celebra que España mire hacia China “frente a la actitud de la mayoría de los países europeos, que continúan rindiendo pleitesía a los Estados Unidos”, ¿qué? Se trata, obviamente, de un análisis simplista, demagógico, como corresponde a un país autoritario que dicta consignas a sus medios privados de libertad. En realidad, todos los países europeos suspiran hoy por convertirse en aliados preferenciales, en lo económico, de China, obviando sus carencias democráticas. Y para nada me constan esas pretendidas “reticencias de la UE” al acercamiento de España a Pekín.
Lo malo es un mundo en el que ser amigo de China significa casi automáticamente ser enemigo de los Estados Unidos de Trump, un personaje que quiere ordenar el planeta Tierra a su despótico gusto
Creo que enviar a los Reyes a visitar la ciudad emblemática de Chengdu, que se va convirtiendo en una especia de ¿Silicon Valley a la china”, y el Pekín imperial donde les recibirá el poderoso Xi Jinping, es un acierto por parte de un Gobierno, el de Sánchez, que, por otro lado, da demasiados bandazos en su política exterior. Lo de las pésimas relaciones españolas con Trump, Netanyahu o Milei es muy otra cosa, claro: el mundo está regido por locos con los que la relación, buena o mala, es muy difícil. Y la diplomacia de Sánchez tampoco es que sea muy sibilina, que digamos. Y menos aún es contemporizadora. O sea, que no es diplomacia propiamente.
Hay que entender que el poder y la influencia del planeta se desplaza. Resulta inquietante la reciente aparición de Xi, flanqueado por Putin y el presidente indio, tres mil millones de personas tras ellos, declarando que se ha establecido un nuevo orden mundial. Si a esta “banda de los tres” le añadimos los países que forman parte de los Bric -Sudáfrica, Indonesia, Egipto, Brasil, entre otros- nos invade la inquietante sensación de que Occidente ya no es lo que era, como los Estados Unidos ya no representan lo que representaban, ni la vieja Europa puede ejercer un control casi colonial del futuro.
Lo malo es un mundo en el que ser amigo de China significa casi automáticamente ser enemigo de los Estados Unidos de Trump, un personaje que quiere ordenar el planeta Tierra a su despótico gusto. La Historia detallará dentro de no muchos años el daño que alguien como el actual inquilino de la Casa Blanca ha hecho a la estabilidad global. Desconocerlo, como al parecer reclaman algunas teorías “protrumpistas” o “proputinistas” a ultranza -y esos son algunos populismos-, es, simplemente, suicida. Renunciar a conocer la realidad china desde dentro, por ejemplo, sería una necedad. El enemigo, hoy, no s China -sí lo es Rusia y están a punto de serlo “estos” Estados Unidos, con los que, sin embargo, no queda otro remedio que procurar mantener unas relaciones que sean las mejores posibles-. El verdadero enemigo hoy es la irracionalidad de quienes todo lo quieren ver blanco o negro. O amarillo.
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