Benito Iglesias
La política de vivienda en España debe de ser la de Galicia
El formalismo, como es sabido, abrevó en las aguas del positivismo más cerrado, el excluyente, que es una de las causas del denominado uso alternativo del poder o del Derecho, hoy tan en boga en el llamado Estado formal de Derecho.
En la Francia revolucionaria, el entendimiento del principio de legalidad como la más alta expresión del culto a la razón, condujo al poder legislativo a su entronización como el gran oráculo de la voluntad general y la libertad humana y, más tarde a su ocaso más oscuro. Eran los tiempos del “reino de la Ley” que más adelante se irá apagando pues no muy tarde se empezó a colegir que en la ley algo neutro que ya no incluye necesariamente en su seno la justicia y la libertad, sino que con la misma naturalidad puede convertirse, lo señaló García de Enterría, en la más fuerte y formidable amenaza para la libertad incluso en una forma de organización de lo antijurídico o hasta en un instrumento para la perversión del orden jurídico
Tales consecuencias, hoy a la vista y bien presentes, han llevado, como consecuencia del positivismo legalista, a convertir a la ley en un simple medio técnico de la organización burocrática, sin conexión con la justicia, tantas veces convertida en instrumento de poder y dominación. Claro en un modelo democrático vacío, sin valores, convertido en pura aritmética política o, también, en una mera cuestión estadística.
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