Frenar no es parar

SENDA 0011

Opinión de Jorge Vázquez
Opinión de Jorge Vázquez

El otro día, volviendo a casa por una avenida de Ourense, me adelantó un coche con bastante decisión. Cambio de carril, acelerón, un hueco que no era un hueco. Cien metros después estábamos los dos parados en el mismo semáforo, él delante y yo detrás, mirando la misma luz roja durante los mismos cuarenta segundos. No lo cuento para dar lecciones de tráfico, que bastantes hay. Lo cuento porque llevo toda la semana leyendo sobre velocidad y me acordé de ese semáforo.

Ha sido una semana rara en el mundo de la tecnología. Los responsables de las compañías que van en cabeza en inteligencia artificial, los mismos que llevan tres años compitiendo por anunciar antes que el vecino, han salido a decir en público que convendría ir más despacio. No lo ha pedido un crítico desde fuera. Lo han pedido los que van ganando la carrera.

Y a mí lo que me interesa de eso no es la tecnología, que trato en otros sitios. Me interesa el gesto, porque en las empresas es rarísimo. En veintidós años he visto a muy poca gente levantar el pie estando en cabeza.

La velocidad tiene una cosa tramposa: es la única variable de la gestión que nadie te pide justificar. Si vas despacio, te preguntan por qué. Si vas deprisa, nadie pregunta nada. Y así se llega a una situación muy común, la de empresas que corren mucho sin que nadie recuerde quién decidió ese ritmo ni cuándo. La velocidad no se elige, se hereda. Se sigue corriendo al ritmo que hacía falta cuando la empresa era la mitad de grande, tenía otro producto y competía con otros.

Lo que se paga por ir rápido no aparece en ninguna cuenta de resultados con ese nombre, pero se paga. Se paga en decisiones tomadas con la mitad de la información porque no había tiempo de buscar la otra mitad. Se paga en gente que ejecuta cosas que no ha llegado a entender, y que por tanto no puede mejorar. Se paga en errores que se arreglan a la carrera y dejan una capa de parche que el año que viene será un problema con nombre propio. Y se paga, sobre todo, en no distinguir entre lo urgente y lo que simplemente llegó antes.

Los que saben de esto dicen otra cosa: se gana por frenar mejor. Frenar más tarde, más corto y en el sitio exacto, que es lo que te permite entrar con velocidad en la curva y salir lanzado.

No estoy haciendo un elogio de la lentitud. Sería muy fácil y sería falso. Conozco empresas que llevan diez años frenando y lo llaman prudencia, y lo que tienen no es prudencia, es miedo con buena presentación. La lentitud también se hereda, también se instala y también se paga, normalmente de golpe y con el mercado ya cerrado. Y hay momentos en los que hay que correr de verdad, y el que no corre entonces no llega nunca. La cuestión no es la velocidad. Es quién la decide y cada cuánto se revisa.

Hay una idea de la competición que se aplica mal casi siempre. La gente cree que los buenos pilotos ganan por acelerar más. Los que saben de esto dicen otra cosa: se gana por frenar mejor. Frenar más tarde, más corto y en el sitio exacto, que es lo que te permite entrar con velocidad en la curva y salir lanzado. El freno no es lo contrario de correr. Es la herramienta que te deja correr donde vale la pena.

En una empresa el freno tiene nombres muy poco épicos. Es decir que no a un cliente que llega en mal momento. Es retrasar un lanzamiento tres semanas porque todavía no está. Es dejar que una decisión duerma un fin de semana. Es mandar a alguien a formarse en plena temporada alta.

Ninguna de esas cosas sale en una presentación de resultados, y todas ellas son conducción fina.

El ejercicio de esta semana es una pregunta, y hay que hacerla en voz alta y delante de gente, que es lo que la hace incómoda. En la próxima reunión de dirección, que alguien pregunte quién decidió el ritmo al que va la compañía y cuándo se decidió. Si nadie se acuerda, ya está contestado: no se decidió, se heredó. Y a partir de ahí se puede tener la conversación de verdad, que es en qué parte del negocio conviene correr más y en cuál habría que llegar un poco más tarde y bastante más entero.

El coche que me adelantó no hizo nada malo. Simplemente empleó una energía considerable en llegar cuarenta segundos antes a un sitio donde los dos íbamos a esperar exactamente lo mismo.

Lo difícil no es correr. Lo difícil es saber dónde está el semáforo.

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