Itxu Díaz
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De la furia a la razón, de la violencia a la templanza, del matonismo a la deportividad media exactamente la misma distancia que separó a las selecciones nacionales de Argentina y España. Y por una vez, que el mundo entero celebró con la esperanza de que señale un precedente, la civilidad derrotó al salvajismo, y nada menos que en el mismo centro simbólico de la barbarie trumpiana, Nueva York. Allí, tras sufrir innumerables agresiones de los tipos disfrazados de futbolistas que componían la llamada albiceleste, unos chicos de origen humilde y enorme talento agavillados en torno a Luis de la Fuente, un hombre de bien, demostraron que otro mundo es posible, otro fútbol, otra forma de vencer.
Fue maravilloso ver a tanta gente contenta, feliz con el victorioso juego limpio y de calidad de nuestros futbolistas, supervivientes de la estúpida violencia del equipo rival representada
Las imágenes de los atormentados jóvenes gazatíes celebrando entre las ruinas la victoria de España envueltos en nuestra bandera expresan como ningunas otras el reconocimiento universal a una nación, la nuestra, que si la enarboló para oponerse valientemente al genocidio que están padeciendo, también ha sabido ondearla para la felicidad de tantas criaturas, momentánea felicidad si se quiere, pero felicidad al cabo en un tiempo de tan radical amargura. Nuestra dicha, la de los españoles y allegados, durará más, tanto como ocasiones tengamos de apreciar esa nueva estrella en el pecho, pero los instantes de júbilo que sucedieron al encuentro en todos los países del mundo, que habían guiado con su adhesión a los jugadores españoles por el campo minado hacia la portería rival, donde se hallaba el único deportista argentino acreedor de ese título, esparcieron polvo de muchas otras estrellas de Australia a Canadá, de Irlanda a Corea.
Fue maravilloso ver a tanta gente contenta, feliz con el victorioso juego limpio y de calidad de nuestros futbolistas, supervivientes de la estúpida violencia del equipo rival representada, más que por ningún otro, por ese tal Paredes desquiciado que ya salió al campo con cara de “killer”. Argentina se quedó con su furia, y España, con la razón.
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