Alfredo Conde
A TRIRITA
Memoria ecuánime daqueles mortos
CAMPO DO DESAFÍO
Lo siento si a alguien molesto, pero la selección nunca me hizo más aficionado al fútbol. Éste ya estaba allí, llegó antes y ocupó el espacio reservado a las emociones deportivas, mejor, al placer del deporte, sin necesidad de otros añadidos, fueran himnos, banderas o apelaciones guerreras a salvar el honor de la patria. Me gusta el fútbol por el fútbol, por sí mismo, y por eso he sido capaz de tragarme partidos de Cabo Verde, Alemania o Paraguay. Con el consiguiente tedio, pero en el anhelo siempre renovado de encontrar un chispazo, una jugada, un jugador, un gol quizá. Fútbol es fútbol. Dicho esto y antes de que me cuelguen, literal o figuradamente, diré que a mi modesto entender, el partido que hizo la selección española contra la bien dotada Francia, ¡qué himno, qué teatralidad!, es de lo mejor que recuerdo en mi dilatada aunque selectiva memoria futbolística.
No insistiré en mi apatridismo deportivo y ahora, para el caso futbolero, añadiré, por disipar las últimas dudas, que mi afición se siente correspondida cuando gana el mejor y este pone en práctica habilidades infrecuentes. Con todo, ha habido perdedores que merecieron ganar, como en la vida misma. Supongo que coincidirán conmigo en que la selección de Países Bajos, antes Holanda, tuvo jugadores y equipos que quedaron en nuestra memoria para siempre y, sin embargo, no fueron capaces de alzar el ansiado trofeo de un Mundial. Otro caso es, también para muchos, el de Brasil en el campeonato disputado en España en 1982. En aquella selección jugaban tipos como Falcao, Zico o Sócrates, pero cayeron contra Italia, que a apolíneos y prácticos no les ganaba nadie. La calidad y la belleza, como la honradez y el trabajo duro, no están necesariamente recompensados. Asumir la madurez supone interiorizar estas evidencias.
Pese a la ausencia de pasiones patrióticas en mi experiencia como jugador y, sobre todo, espectador del fútbol, reconozco una particular intransigencia con los errores, deficiencias e incapacidades con el equipo de mi país, también con mi club, no crean. Entiendo, pero no comparto, el entusiasmo indeclinable, ciego, de esos aficionados que aun en las más oscuras jornadas, en las más justificadas derrotas y en las más tediosas ocasiones, se ven impelidos por una fidelidad inquebrantable hacia los suyos. Han hecho del equipo una identidad, una familia, una patria en la que cobijarse. En esas condiciones, cualquier distanciamiento se asimila a la traición. Como observador escéptico de todo nacionalismo, conozco las limitaciones de los materiales de que están hechos estos sentimientos.
En consecuencia y porque amo el fútbol por el fútbol, como el arte por el arte, este domingo, en la final, iré con quien lo practica de mejor manera: iré con España.
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