¿Por qué gastar en cohetes cuando faltan hospitales?

La Región

En un mundo marcado por la inmediatez y la pragmática del “ahora mismo”, cualquier propuesta de gasto público que no ofrezca resultados tangibles y a corto plazo suele ser recibida con escepticismo. La pregunta “¿y esto para qué sirve?” convierte en juicio sumarísimo al que se somete a la ciencia básica o megaproyectos tecnológicos, como la exploración espacial. Y el problema es que, si no sabemos dar una respuesta clara a esta pregunta, la sociedad, y los políticos que representan a la sociedad, siempre verán la ciencia como un gasto, y no como una inversión. El columnista de La Región, Angel GarcíaCrespo, en su libro “El niño que quiso ser astronauta” (Amazon) nos da respuestas a esa pregunta y además cuestiona la validez de la pregunta misma, articulando una defensa de la ciencia que trasciende el habitual catálogo de “inventos secundarios” como el velcro.

El libro es un ensayo reflexivo que utiliza la conquista de la luna como un pretexto (¡es posiblemente el caso más extremo de gasto cuestionable!) para hacernos ver cómo la inversión en ciencia siempre tiene retorno y además permite que la sociedad avance. La frustración del ciudadano común al ver presupuestos millonarios destinados a cohetes mientras existen listas de espera hospitalarias no es un síntoma de ignorancia, sino el resultado de una asimetría temporal: el contribuyente (y los políticos más) piensa en las necesidades de hoy, mientras que la ciencia básica trabaja en el conocimiento de dentro de treinta años.

En lugar de responder de forma simplista a la pregunta “¿para qué sirve gastar dinero en ir al espacio?”, se desmontan las respuestas habituales

A través de diez capítulos, se construye una narrativa coherente y desmitificadora. Se nos recuerda que el conocimiento no avanza en línea recta, sino mediante un proceso caótico y lleno de accidentes fructíferos. Casos emblemáticos como el descubrimiento de la penicilina por Fleming, los rayos X de Röntgen o la teoría del caos de Lorenz ilustran cómo los hallazgos más transformadores nacieron de la curiosidad, no de una planificación rígida. Como bien sintetiza el libro, nadie busca lo que encuentra; la ciencia progresa pisando caminos que no existen hasta que alguien, movido por la pregunta correcta, decide avanzar sin GPS.

Uno de los mayores aciertos del libro es su planteamiento. En lugar de responder de forma simplista a la pregunta “¿para qué sirve gastar dinero en ir al espacio?”, se desmontan las respuestas habituales: el famoso argumento de los muchos inventos que surgieron de la carrera espacial, como el velcro, o la superioridad intelectual de los científicos o la apelación al espíritu explorador del ser humano. Todas estas respuestas o argumentos son insuficientes. La auténtica defensa de la ciencia, no reside en una lista de inventos útiles, sino en comprender cómo funciona el conocimiento, cómo se generan los descubrimientos y por qué las investigaciones aparentemente inútiles terminan transformando el mundo décadas después.

“El niño que quiso ser astronauta” es una lectura esencial para cualquiera que alguna vez haya dudado de la rentabilidad de la ciencia. Es un libro que logra explicar conceptos complejos como el “derrame tecnológico” o el “coste de oportunidad” de forma sencilla, convirtiéndose en el compañero perfecto para tener argumentos sólidos (y honestos) en la próxima cena de Navidad donde un “cuñao” cuestione las inversiones en ciencia. El problema es cuando los políticos responsables de gestionar la ciencia piensan igual que el “cuñao”. Al terminar la lectura, tendremos claro que la ciencia no nos da solo objetos útiles; nos da, ante todo, la capacidad de respuesta ante los cambios que aún no sabemos que enfrentaremos. La conclusión es contundente: la ciencia, con sus defectos, es el sistema más eficiente que hemos inventado para producir conocimientos que cambian el mundo, y ese hecho tiene consecuencias prácticas que merecen nuestra inversión y nuestro respeto. Como se acuñó durante la pandemia… “sin ciencia no hay futuro” y lo que invertimos en ciencia en el pasado, hoy nos puede salvar la vida.

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