El gigante tremebundo

HISTORIAS INCREÍBLES

Publicado: 08 nov 2026 - 02:10
Opinión en La Región.
Opinión en La Región. | La Región

Aquel chico al que ya conocéis lo estaba pasando muy mal. No un poco mal, sino verdaderamente fatal.

Sus padres le veían apocoparse. Poco a poco se iba desmenuzando su habitual alegría y aquel jovenzuelo al que todos hubiesen puesto por sobrenombre “terremoto” por su viveza, por su hiperactividad, por las divertidas ocurrencias… parecía ahora un timorato al que le habían robado su desparpajo habitual.

Su madre -las madres son muy listas- se había dado cuenta de que algo no marchaba bien. Los padres no son nada tontos, tampoco, pero hay que reconocer que el partido de fútbol del sábado o aquellos dimes y diretes de los compañeros de ajedrez les hacían ver las cosas de otra manera. Para él, para su padre, no pasaba nada, sino que el chico estaba creciendo y empezaba a asentar la cabeza.

Pero la realidad de este jovenzuelo era la llegada a su clase de un nuevo alumno. Era tan grande que les miraba a todos desde arriba. La verdad es que no podría hacer otra cosa dada su corporeidad procedente posiblemente de aquel continente en el que te hacías grande y fuerte o te comían las serpientes anacondas. Su piel era ligeramente más oscura y la forma de caminar, a grandes zancadas, le hacía aparecer como un gigante de aquellos que habitaban en las historias de la literatura infantil que la profe empleaba, a diario, para meterlos, a todos ellos, en una estupenda dinámica de la comprensión de los textos, de la riqueza del vocabulario, la buena dicción en la expresión verbal, en fin, en todo lo que viene a ser normal para equipar a un alumnado de este nivel educativo.

Igor se llamaba el alumno de los pies grandes y del vozarrón tremendo. Si le preguntásemos nos diría que tampoco él lo estaba pasando nada bien y se sentía desplazado al no conocer nada de lo que ahora le rodeaba y a nadie de los nuevos estudiantes que le miraban sin pestañear y aterrorizados.

Vaya lío. Nuestro amigo Mu estaba descubriendo un cierto sentimiento de inferioridad, dado que él era pequeño, tal vez el más bajo de la clase, y ahora, de repente había aparecido aquel gigantón que le hizo sentirse un piojo pegado en aquella aula. Se enfadó muchísimo y se dio cuenta de que en su corazón estaba creciendo una planta que podrían denominarla tal vez odio o tal vez envidia cochina. Terminó por pensar que él era menos que los otros, y eso le retraía. La profesora se dio cuenta de que incluso nuestro amigo había cambiado la grafología. Sabía ella que los individuos con complejo de inferioridad lo manifestaban en la escritura con una gran desproporción entre las mayúsculas (enormes) y las minúsculas (cada vez más pequeñas). El nuevo alumno, al que ya conocéis como Igor, escribía con una letra monótona y unas líneas siempre descendentes, como un deseo de equipararse a los otros y dejar de ser tan diferente y grande.

Pero los días pasan, y poco a poco aquel gigantón y el menudo Mu se fueron conociendo y haciéndose inseparables y adictos. Un día ambos llegaron a su casa y dijeron con alegría: “Hoy he encontrado un amigo”. Y como los amigos no son grandes ni pequeños, sólo camaradas y aliados inseparables… ambos fueron recuperando su letra, que ahora era redondilla, preciosa y romana.

Resulta que siendo tan diferentes… eran iguales.

Contenido patrocinado

stats