Rosendo Luis Fernández
Solución o bloqueo
Vivimos tiempos convulsos en los que todo parece indicar que el orden internacional forjado después de la II Guerra Mundial tiene sus días contados. Es difícil relatar el cúmulo de acontecimientos sorpresivos que últimamente han llamado a nuestra puerta o anticipar frustraciones venideras, pero el pálpito generalizado resulta inconfundible, nos hemos adentrado en un mundo sin normas en el que los consensos multilaterales han dado paso a la primacía de intereses particulares poco confesables. La geopolítica y la geoestratégica pretenden dominar nuestra existencia y, por tanto, hablar de conflictos bélicos generalizados, de súbitas subidas injustificadas de aranceles, de control de rutas comerciales transnacionales o de acceso privilegiado a recursos estratégicos hoy, aparenta ser lo habitual en cualquier tertulia ciudadana que se precie. Es la dinámica global emergente y, tal vez, siempre haya sido así, aunque la ensoñación surgida en Bretton Woods hace ochenta años pueda que nos haya impedido reconocer su presencia.
En consecuencia, no está fuera de lugar rememorar cómo, en los albores de nuestra era, las conquistas de Roma vinieron acompañadas de un proceso de apropiación y redefinición de los espacios termales que las legiones encontraron a su paso, con la estratégica intención de convertirlos en hitos destacados de una red viaria vertebradora del territorio, puesta al servicio de la consolidación del imperio. Un “modus operandi” que contribuyó a implantar un estilo de vida que, en buena medida, reproducía en las provincias los estándares y arquetipos de la metrópoli y, por tanto, imponía un nuevo orden cultural, social, administrativo y político en los dominios conquistados. En definitiva, una instrumentalización de los entornos geotermales como mecanismos de propagación de una civilización que, obvia decir, incorporaría una nueva lógica de aprovechamiento de los recursos y de organización de las actividades asociadas a los mismos.
Pero la praxis romana contó a posteriori con imitaciones de excepción. Así, en el marco del proceso colonial francés en ultramar, fue manifiesta una similar apropiación de las surgencias termales autóctonas, en la medida en que se vieron incluidas en la supuesta agenda civilizadora establecida por los representantes de la metrópoli. Una práctica administrativa, si se permite la licencia, relacionada con el control político del imperio, pero también con el tratamiento sanitario de las enfermedades propias de las colonias y, lo que es más destacable, con la rehabilitación y el refuerzo de las identidades y valores franceses. Actuaciones que tuvieron su particular reflejo en territorio galo, toda vez que ciudades termales emblemáticas como Vichy asumieron el rol de punto de (re)encuentro con la metrópoli de los retornados de ultramar, al tiempo que contribuían a la asimilación de las elites desplazadas desde las colonias.
Más allá de lo comentado, no debemos pasar por alto que, durante la segunda mitad del siglo XIX, Europa fue el escenario de una particularmente intensa transformación del sector termal protagonizada por las instituciones públicas, que afrontaron el proceso como una cuestión de estado. En tal sentido, Francia y Alemania acometieron un notable esfuerzo inversor en el desarrollo de sus más afamadas estaciones termales, con toda seguridad animadas por la proximidad geográfica y por la rivalidad geopolítica entre las dos potencias continentales del momento. Una disputa que se concretaría en importantes intervenciones urbanísticas sometidas a una sistemática planificación y a la estricta supervisión de los funcionarios del Estado, que oficiarían como principales agentes operadores en las villas y ciudades balneario. En la medida en que las dotaciones e infraestructuras de carácter público marcaron la pauta en la evolución y transformación de los enclaves termales centroeuropeos, actuaron como principal estímulo de la inversión privada, que concentraría sus esfuerzos en los sectores residencial, hotelero y comercial. Todo ello para mayor grandeza y esplendor de las respectivas ansias imperiales.
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