Gimnasio Knoura's

Publicado: 28 feb 2026 - 06:55
Isaac Pedrouzo
Isaac Pedrouzo | La Región

El edificio tenía tres plantas. En la de arriba de todo vivían los abuelos, en la del medio los padres y en la primera vivía Hadrián. Una estirpe repartida en rangos por alturas. Un árbol genealógico con forma residencial.

Nadie cerraba nunca las puertas con llave y la vida iba sucediendo como en una serie americana sin risas enlatadas.

Vivir sin política de privacidad.

"Todavía conserva el nombre, Ciber Ourense, y un puñetazo de nostalgia me golpea cada vez que rondo cerca"

En el bajo del edificio los padres decidieron abrir un gimnasio, que decían era una cosa de moda pasajera y había que aprovechar el tirón, como los ciber café, aunque por desgracia se extinguieron de todo. En mi barrio sobrevive uno recogiendo y enviando paquetes, imprimiendo apuntes, haciendo fotocopias del DNI. Todavía conserva el nombre, Ciber Ourense, y un puñetazo de nostalgia me golpea cada vez que rondo cerca.

En poco tiempo las suscripciones al gimnasio Knoura’s habían crecido tanto, que cubrieron el cupo disponible y la lista de espera se hacía cada día más extensa. Las máquinas se renovaban cada poco y todo iba tan bien que en el vestuario hasta los grifos ya funcionaban con un sensor de esos de movimiento. Avances prioritarios.

Hadrián no había pisado nunca el gimnasio, ni el Knoura’s ni ningún otro. La idea de cansarse como actividad de ocio no le resultaba atractiva y el único deporte que de verdad le interesaba era cuando su abuelo se juntaba con los amigos a jugar a la llave. Pero su tía segunda, la de Ferrol, le convenció de que, a ver, teniendo un gimnasio familiar bien le venía hacer algo de ejercicio y que a lo gratis nunca se le puede decir que no.

Razonamientos clasistas que todavía perduran.

El primer día solo bajó para comprobar las instalaciones, que era su manera de decir que en realidad solo quería chismear el funcionamiento de aquello. Si la gente iba con modelitos. Si había grupitos. Y, en la peor de las escenas, si alguna persona conocida estaba suscrita al gimnasio familiar.

La vergüenza dirige y controla todos los actos rutinarios.

El segundo día, enfundado con la ropa de deporte que le endosaron en el Decathlon, se puso a disposición del monitor. Cinta para arriba, elíptica para abajo. Esfuerzos controlados de principiante obediente.

Terminó menos cansado de lo que esperaba, o eso les contaba a los demás chicos justo antes de ducharse. Una silueta cruzó de pronto el vestuario entre la condensación. Hadrián pensó que era He-Man. Los músculos brillaban y resaltaban de tal modo que era imposible no mirar. El suelo retumbaba y el cachas caminaba tan estirado que perdió el equilibrio cayendo de bruces contra el suelo. Violento. No hubo risas. Al levantarse miró al personal presente y dijo “Joer macho, casi rompo el suelo”. Hadrián se rió tanto que no se atrevió a pisar el Knoura’s de nuevo. Nunca volvió a ningún gimnasio.

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