Esa gran amalgama que es España

Publicado: 26 may 2026 - 01:10
Opinión en La Región
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España cabe entera en una pila bautismal. No en un Parlamento, ni en una conferencia de presidentes autonómicos, ni siquiera en una final de Copa con silbidos al himno y tertulianos hipertensos. España, a veces, se entiende mucho mejor en una iglesia pequeña, en una comida familiar o en la mesa de un bar donde nadie piensa igual pero todos acaban compartiendo el postre.

Hace ya bastantes años, en el Santuario de Covadonga, durante el bautizo de mi hija mayor, el sr. abad, que tuvo la deferencia de ser el oficiante, comenzó el interrogatorio geográfico habitual. Lugar de nacimiento de la niña: Oviedo. Padre: Ourense. Madre: Lleida. Abuelo paterno: Zaragoza. Abuelo materno: Vic-Barcelona. Abuela materna: Madrid. Abuela paterna: Santiago de Compostela. Padrinos: Navarra. El abad, ya completamente desorientado ante aquel sudoku autonómico, levantó la vista y preguntó con cierta resignación:

-¿Hay alguien del mismo sitio?

Y yo respondí:

-No, sr. abad, pero estamos en la cuna de la Hispanidad, ¿no es así?

La escena tenía algo cómico. Aquello parecía más el sorteo de grupos de Eurovisión que un bautizo. Faltaban un vasco haciendo de árbitro internacional y un valenciano trayendo una paella para completar el mapa. Pero, en realidad, allí había una verdad mucho más profunda que muchas teorías políticas: España funciona precisamente porque nunca ha sido una sola cosa.

Y quizá por eso desespera tanto a ciertos nacionalismos. Porque la realidad española desmonta constantemente sus relatos más obsesivos: esa idea enfermiza de pueblos puros, identidades blindadas y territorios emocionalmente impermeables. Les incomoda profundamente comprobar que millones de españoles llevan siglos mezclándose con absoluta naturalidad, sin pedir permiso a ninguna oficina de construcción identitaria.

Nos han intentado convencer de que las identidades son compartimentos estancos, como si cada comunidad autónoma fuese una especie protegida que debe mantenerse aislada para no contaminar su esencia. Como si un gallego y una catalana tuviesen menos en común que dos suecos escogidos al azar. Pero basta observar la historia familiar de casi cualquier español para descubrir el enorme artificio intelectual de esa idea.

España está llena de familias imposibles. Primos andaluces con apellidos vascos. Gallegos nacidos en Cataluña. Asturianos casados con murcianas. Nietos de extremeños que hablan con acento de Bilbao. Hijos de madrileños que veranean en Cantabria desde hace cuatro generaciones y se sienten medio montañeses. La sociedad española lleva siglos mezclándose con admirable indiferencia hacia quienes pretenden clasificarla en compartimentos sentimentales.

Y menos mal.

España es precisamente eso: una conversación interminable entre territorios distintos que llevan siglos discutiendo, comerciando, enamorándose y mezclándose

Porque cuando uno rasca un poco en la historia familiar de casi cualquier español aparece inmediatamente el viaje, la emigración, el traslado, el destino profesional, la mili, la universidad o el amor. España no se ha construido desde la pureza; se ha construido desde el cruce constante. Y precisamente por eso resultan tan artificiales ciertos discursos políticos que hablan de “ellos” y “nosotros” como si hablasen de civilizaciones incompatibles separadas por una frontera ancestral.

El nacionalismo excluyente necesita simplificar la realidad para sobrevivir. Necesita convencer a la gente de que pertenece antes a un territorio que a una historia compartida. Necesita fabricar agravios permanentes y convertir diferencias culturales perfectamente normales en supuestos conflictos existenciales. Y, sobre todo, necesita borrar algo fundamental: que España lleva siglos siendo una enorme mezcla humana imposible de ordenar según los mapas emocionales de ningún partido.

Porque la realidad española es profundamente desobediente frente a esas teorías. La desmienten los matrimonios, los hijos y los apellidos que cruzan España desde hace generaciones. La desmienten las familias que celebran la Navidad alternando marisco gallego, escudella catalana y turrón alicantino sin experimentar trauma identitario alguno. La desmienten millones de personas que jamás han sentido contradicción entre querer a su tierra y sentirse plenamente españolas.

Las autonomías han servido para acercar la administración y reconocer singularidades históricas y culturales evidentes. Nadie sensato puede negar la riqueza extraordinaria de Galicia, Cataluña, Asturias o Navarra. El problema comienza cuando algunos convierten esa riqueza en una coartada ideológica para levantar pequeñas aduanas emocionales y mirar al vecino como si perteneciera a un pueblo ajeno. Es una visión profundamente triste y bastante reaccionaria, aunque se disfrace de modernidad. Porque reducir la identidad humana a un marco territorial cerrado es una idea vieja, pobre y peligrosamente tribal. Y además choca frontalmente con la realidad cotidiana de España, donde la vida lleva siglos mezclándolo todo con admirable desprecio hacia los discursos políticos que intentan separar lo que la historia y las familias han unido una y otra vez.

España es precisamente eso: una conversación interminable entre territorios distintos que llevan siglos discutiendo, comerciando, enamorándose y mezclándose. A veces con genialidad y a veces con un caos digno de una comunidad de vecinos. Pero siempre juntos. Quizá por eso Covadonga tenía aquel día tanto simbolismo. Allí, donde muchos sitúan el inicio de una idea histórica de España, una niña reunía en su árbol familiar media península ibérica. No como excepción, sino como normalidad.

La verdadera nación española probablemente no está en los discursos solemnes ni en las banderas agitadas con furia teatral. Está en escenas mucho más humildes: en un apellido gallego pronunciado con acento catalán, en una abuela madrileña preparando caldo gallego o en un niño nacido en Asturias que tendrá raíces repartidas por toda España sin sentir contradicción alguna. Y tal vez esa sea nuestra mayor fortuna colectiva: que, después de tantos siglos, seguimos siendo un país imposible de separar del todo porque llevamos demasiado tiempo mezclándonos unos con otros.

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