Un gran chiste de sobremesa

LEER ES UN PLACER

Publicado: 01 oct 2026 - 04:10
La portada de Primera sangre.
La portada de Primera sangre.

Desde hace algunos años no daba un paseo por el país literario de Amélie Nothomb. Revisitarlo me ha llenado de alegrías, y sobre todo me ha infiltrado un buen humor necesario para hacer frente a las pequeñas y medianas contingencias de la vida. En las páginas de “Primera sangre”, la autora belga recupera la memoria de su padre en primera persona, y lo hace con un desparpajo ejemplar, con un tipo de burla que lleva a perderle el respeto, no solo a la muerte sino a la propia realidad en sí misma.

Es imposible leer esta novela y no quebrarse de risa con las ocurrencias e ironías que sazonan la primera juventud de un padre cuya hija le ha prestado voz, reflexión y silencio"

Para ello se vale de un recurso garciamarciano: sitúa a Patrick Nothomb en una circunstancia extrema, frente a un pelotón de fusilamiento compuesto por doce hombres, el 24 de noviembre de 1964, en una naciente República Popular del Congo que ha decidido romper su historia colonial con Bélgica de una forma abrupta y sanguinaria.

Nothomb resignado a morir, ve pasar ante sus ojos su biografía íntima y familiar, como en una pantalla de cine. Es el joven cónsul que Bruselas ha designado en Stanleyville, y el negociador por iniciativa propia de las vidas de aproximadamente mil quinientos civiles ante el poder irracional de un grupo de rebeldes que pretende zanjar, en unas horas, las cuentas de una historia colonial que se remonta a más de un siglo.

La ola del tiempo retrocede en su mente y le lleva a esa Bélgica tomada por los alemanes en el verano de 1939, en que apenas tiene cinco años: su padre ha muerto en la explosión de una mina, y su madre se convierte automáticamente en una viuda tan dolida por la repentina pérdida como en una mujer tiquismiquis incapaz de reconstruir su vida fuera de los cánones de las apariencias y la vigilancia familiar.

Pero he aquí que se produce un punto de quiebre para el huérfano Paddy: a los seis años le envían a pasar unas vacaciones con sus abuelos paternos en las Ardenas, los Nothomb, la típica estampa de la nobleza belga que calificarla de “venida a menos” sería atribuirle un lujo inmerecido: se encuentran inmersos en la más feroz y ridícula de las miserias, recluidos en un viejo castillo que se cae a pedazos. Sin calefacción, vivos a base de sopas de ruibarbo y aros de cebolla, en lo que bien el narrador califica como una tribu, ligeramente imbuida en unos modales aristocráticos de fines del siglo XIX.

Lo que el joven Paddy aprenderá durante varios veranos entre tíos de su misma edad, y un abuelo absorto en el ejercicio de una poesía cortesana y ridícula, serán serán las herramientas que en el futuro le permitirán sobrevivir a un cautiverio donde la astucia y los juegos verbales serán absolutamente definitorios.

Es imposible leer esta novela y no quebrarse de risa con las ocurrencias e ironías que sazonan la primera juventud de un padre cuya hija le ha prestado voz, reflexión y silencio. Nothomb ha aprendido la gran lección cervantina: encarar las tragedias como si todo fuera un gran chiste de sobremesa.

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