Pilar Cernuda
OBITUARIO
Un gran hombre
OBITUARIO
Todos contaremos que era un gran periodista, importante asesor de Adolfo Suárez para quien escribió sus mejores discursos en sus primeros años de presidente. Todos contaremos que fue el gran cronista de aquellos tiempos en los que España emprendía una nueva etapa que hizo historia, y que Fernando Ónega trabajó en infinidad de medios, se hizo un nombre, en mayúsculas, en prensa, radio y televisión. Y, en los últimos años, cuando decía estar en retirada, dedicó mucho tiempo a “65 y más” una revista digital dedicada a los mayores, donde lo hizo extraordinariamente bien porque él era también una persona mayor. Lleno de sabiduría, de sensatez, de experiencia y de paciencia.
Solo los que le hemos querido y nos hemos sentido queridos por él, podremos añadir que, además de todo eso, Fernando Ónega era un gran hombre. Un grandísimo hombre. Un compañero excepcional. Un amigo entrañable, un periodista de categoría que sin embargo jamás presumió de nada. Bueno, sí, presumió de ser gallego de una aldea de Lugo, donde encontraba refugio y la gente con la que se sentía a gusto, sus amigos de siempre y sobre todo su mujer y sus tres hijos. Las chicas, periodistas; el pequeño, Fernando, estudió una carrera que su padre no sabía explicar muy bien, se hacía un poco de lío con las cosas de ingeniería y consultorías. Pero el chico apunta maneras, es ya un cerebrito. Como sus hermanas, pero sin la pasión del periodismo. Por ahora, porque con los Ónega nunca se sabe.
Escribía cartas tan sentidas que un día le llamó un oyente para pedirle que le escribiera una para mandársela a su mujer, a la que había abandonado malamente hacía muchos años. Quería que le perdonara y le acogiera nuevamente en casa. Fernando escribió la carta. Con éxito
Fernando creó las tertulias de radio cuando regresaba a los estudios de la Ser con Manuel Antonio Rico después de asistir a un almuerzo periodístico que derivó en apasionante debate político. “Esto sería estupendo en la radio”, e inventaron una tertulia después del informativo de Rico. Dirigió de todo en cadenas de radio y de televisión, trabajó en dos de los más importantes periódicos de los tiempos franquistas, Pueblo y Arriba, donde supo lidiar inteligente y sabiamente con las limitaciones que imponía la censura. Fue jefe y periodista de a pie, analista e informador, y escribía cartas tan sentidas que un día le llamó un oyente para pedirle que le escribiera una para mandársela a su mujer, a la que había abandonado malamente hacía muchos años. Quería que le perdonara y le acogiera nuevamente en casa. Fernando escribió la carta. Con éxito.
Tenía Fernando una tropa de amigos incondicionales, de todas las edades, procedencias y oficios. Con ellos desplegaba una sensibilidad y cercanía poco habituales en un periodista con apenas tiempo para sí mismo. Era -cuesta escribir “era” – un hombre con sorna, con ironía, y muy directo, aunque se cuenta de los gallegos que no se definen. Podría ser el hombre tranquilo que interpretaba John Wayne, pero de vez en cuando demostraba tener carácter, vaya si lo tenía. Pero siempre sin elevar el tono de voz. Ni un grito.
Un pedazo de sentimental, se desvivía por su familia y amigos, a los que nunca fallaba. Jamás un escaqueo, un ponerse de perfil, un no puedo.
Buenos periodistas hay muchos, y en la generación de Fernando aún más, porque tuvieron -tuvimos- el privilegio de vivir, de trabajar, en un tiempo irrepetible. Pero buenas personas no hay tantas. Fernando lo era, vaya si lo era.
Descanse en paz, que lo merece.
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