Xoán Antón Pérez-Lema
Zapatero e a difícil dualidade entre referente político e lobby
En 1951 Hannah Arendt después de nacionalizarse estadounidense escribió lo siguiente en una carta a su amigo Karl Jaspers: “Podría decir mucho sobre los Estados Unidos. Aquí realmente existe la libertad. La República no es una ilusión insustancial, y el hecho de que no haya una tradición nacional crea una atmósfera de libertad en la que no cabe el fanatismo. Este país está unido no por el patrimonio, no por la memoria, ni por la tierra o el idioma, ni por el origen, los nativos eran los indios. Aquí todos son ciudadanos a los que les une una sola cosa: el simple acatamiento a la Constitución.”
El párrafo que obviamente muestra un sincero y merecido agradecimiento al país que la acogió, tiene además la belleza de un texto que casi parece escrito por Thomas Jefferson en la Declaración de Independencia: “Todos los hombres son iguales y poseen derechos inalienables, entre ellos el derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.”
Doy por hecho que Hannah Arendt muchos años después seguía pensando lo mismo a pesar de haber soportado estoicamente y a menudo la animadversión de tantas instituciones gubernamentales y de muchos intelectuales estadounidenses por las causas en las que ella se implicó siempre con la indomable energía que la caracterizaba.
Como por ejemplo sus críticas a la caza de brujas de McCarhy, a la guerra de Vietnam o al escándalo Watergate entre otras. Y también por su apoyo inquebrantable y decidido a los movimientos civiles de los años sesenta.
No sé yo mucho de Hannah Arendt ya que no soy lector de filosofía. He leído pocas cosas suyas más allá de algunos artículos y fragmentos sueltos de “Los orígenes del totalitarismo” o de “Eichmann en Jerusalén”, pero siempre me ha fascinado mucho ella, su peripecia vital y su entereza intelectual. En fin.
Me gustaría saber, si fuera posible, qué opinaría hoy Hannah Arendt de los Estados Unidos. Qué artículos escribiría sobre lo que está ocurriendo. Cómo se sentiría viendo que el gobierno de su querido país adoptivo detiene violentamente a ciudadanos por las calles por su color de piel o su origen, y los envía a campos de concentración en Guantánamo, El Salvador o Florida. Exactamente lo mismo que sufrió ella de joven en su también querida Alemania natal.
Me gustaría saber, si fuera posible, qué opinaría hoy Hannah de las ansias anexionistas de la administración americana con países como Venezuela, Canadá, Groenlandia, Irán, Panamá, Cuba y otros. Exactamente lo que vio ella en la Alemania nazi con Polonia, Holanda, Francia…
Me gustaría saber, si fuera posible, qué opinaría hoy aquella mujer judía, brillante y lúcida que abogaba por dos estados Israel y Palestina conviviendo en paz, sobre los genocidios de Gaza y El Líbano.
Pero este artículo mío es absurdo. Sé lo que opinaría ella. El problema lo tengo yo y de alguna forma es un poco, si me lo permiten, socrático. A mí solo… me gustaría saber.
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