Jenaro Castro
TRAZADO HORIZONTAL
La casa okupada
LA OPINIÓN
Puede que el 27º cumpleaños de Ronaldo Nazario sea la madre de todas las fiestas. El brasileiro lo celebró en 2003 en su casa de La Moraleja. En tres días pasaron, a grosso modo, por la verbena unas 700 personas. Además de todos los galácticos del Madrid -Zidane, Figo, Roberto Carlos, Beckham o Raúl- y otros cracks, también asistieron Esther Cañadas, Vania Millán, Paz Vega y varios autobuses de muchachas que colapsaron la entrada del chalé. Una auténtica bacanal.
Entre las estrellas de otros conjuntos, estaba el que, en su momento, fue el fichaje más caro de la historia. El presidente bético, Manuel Ruiz de Lopera, pagó por Denilson 5.300 millones de pesetas -lo que hoy le ha costado Casadó al Dépor-, aunque aquel fichaje sideral casi acaba en tragedia. Porque si la fiesta de Ronaldo fue la más sonada de las jaranas, el Halloween del Betis fue, como presagiaba la festividad de los muertos, una historia para no dormir.
El 31 de octubre de 2001 -del que se cumplen 25 años- cayó en miércoles. El jueves era festivo para conmemorar Todos los Santos, y a Benjamín Zarandona se le ocurrió organizar una fiesta en su casa de la lujosa urbanización de Simón Verde, aunque la situación del equipo no era para tirar cohetes. Encadenaba tres partidos seguidos sin ganar, el Barcelona le había metido un meneo, era sexto en Liga y el sábado jugaba contra el Zaragoza.
Benjamín entra en la casa al grito de “¡quién ha invitado al presidente!” y consigue descolgar de la pared un cuadro del susodicho vestido con los colores del Sevilla, lo que sí podría haber ocasionado alguna defunción.
Se convocaron a 40 personas pero el aforo se disparó y se rozó la centena. “Estaba la buhardilla a reventar y la escalera de caracol se atascaba”. Pasada la medianoche, Benjamín sale al exterior a acompañar a Joao Tomás y una invitada y se encuentran un coche aparcado. Del vehículo salen cuatro altos cargos del Betis: el gerente, José Antonio González Flores; el director deportivo, Luis del Sol; el entrenador Juande Ramos y el presidente, Lopera.
Benjamín entra en la casa al grito de “¡quién ha invitado al presidente!” y consigue descolgar de la pared un cuadro del susodicho vestido con los colores del Sevilla, lo que sí podría haber ocasionado alguna defunción. Un jugador advierte que eso es “allanamiento de morada”, pero ya es tarde. Lopera se queda petrificado ante el panorama: “en la primera habitación, cuando abrimos la puerta, estaban las chicas haciendo ejercicio físico sin ropa ninguna”.
Las jóvenes, ajenas al desaguisado y jacarandosas, le piden fotos al presidente. Ito, Varela o Juanito son los primeros en ser cazados por el mandatario. Joaquín y Denilson se encuentran en una terraza y ahí se masca el siniestro. El astro brasileño se intenta descolgar por la ventana: “Que hay dos metros, te vas a matar”, intenta disuadirlo Joaquín. “Que no me paga”, desespera Denilson.
Lopera monta un gabinete de crisis en el lugar de los hechos. Uno a uno reprende a los jugadores: “Capi, no me lo esperaba de usted… Denilson, Benjamín, ahora me explico su bajo rendimiento… Joaquín, niño, empieza usted muy pronto”. La fiesta se disuelve pero sus efectos perduran. El Zaragoza pesca en río revuelto, vence 0-1 en el Villamarín y la bronca con la afición se recrudece.
Finalmente, en aquel curso, la plantilla supo reconducir la situación y acabó metiéndose en Europa. Años más tarde, Benjamín, cedido al Cádiz, se enteró en una visita a prisión del origen del chivatazo. El jardinero de la Ciudad Deportiva del Betis, familiar de Lopera, fue el abogado del diablo en la noche de muertos más famosa del fútbol español.
@jesusprietodeportes
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