Jenaro Castro
TRAZADO HORIZONTAL
La casa okupada
EL ÁNGULO INVERSO
Verídico, hermano lector. Me dijo: “Se lo cuento. Quizás les sirva a otros a quienes traicione el ictus”.
Mientras caminamos comienza a hablar: “Lo vi venir, calle adelante, hace unos días. Estaba a unos metros de cruzarme con él. Mi corazón a tumba abierta, al verlo, quedé inmóvil, como un maniquí. Justo ahí escuché la frase que él espetó a sus enfermeras ‘con éste ya no hay nada que hacer: llévenselo’. Lo dijo algo despectivo, como si yo ya fuera un fiambre. Ráfagas en mi cerebro. ¿Le doy un cabezazo, le lleno de hostias, lo tiro al suelo y pisoteo su cabeza? ‘Con éste ya no hay nada que hacer: llévenselo’.
“Mire usted, han pasado 10 duros años desde aquel día. Brava, mi mujer no se dio por vencida. Discutió con todo el mundo en el hospital. Gritó como una loba hasta que me trasladaron en un helicóptero a otro hospital. Allí me examinaron de nuevo. Por alguna razón, yo escuchaba lo que decían: ‘Pronto, preparen el quirófano’. Un enjambre de doctores me rodeó. Largas horas de operación y, mire usted, después, un calvario: fisios, logopedas, terapeutas…”
(Le pregunto: “¿Qué hizo con el doctor cuando se lo encontró?”. “Mi mujer, con perspicacia femenina, también reconoció a aquel hombre. Apretó mi mano con fuerza inusitada. Seguimos caminando”.
Es bien cierta la frase de Hemingway: “Se necesitan dos años para aprender a hablar y veinte para guardar silencio”).
Pasaron por la tele “Los clarines de la muerte”, dirigida por nuestro olvidado Antonio Román. Está basada en la novela de Ángel María de Lera. Ojalá la hubieras visto. Tremenda. Trata del mundo de los toros. Cielo santo, en Salamanca colaboré en el periódico “El adelanto”, iba a las corridas y entrevistaba a los matadores.
Conocí a los maletillas, fui a tentaderos que terminaban siempre con una gigantesca paella. Conocí a aquel novillero gallego sin suerte: Hilario Taboada. También conocí a El Viti. Te quedabas prendado al verlo recto, como si percibieras su aura de maestro. Torero en la plaza y en la vida.
“Los clarines de la muerte” se rodó en 1958. Allí están Paco Rabal, enorme en su papel favorito de limpiabotas, ahora mozo de espadas de el Filigranas (Rogelio Madrid), que llega a un pueblo toledano a hacer la faena. Una mirada cruda a aquella sociedad pacata. Una película lenta, lejos del folclorismo y sus clichés, con un final trágico. Inevitable que recuerde aquel memorable “Los últimos de Filipinas”, su obra maestra. Palabras mayores. Los críticos afirman que no tiene nada que envidiar a ningún filme de John Ford.
Allí están Paco Rabal, enorme en su papel favorito de limpiabotas, ahora mozo de espadas de el Filigranas (Rogelio Madrid), que llega a un pueblo toledano a hacer la faena.
Me llegan buenas noticias de Valladolid. La ópera prima de Ledicia Sola, “As augas”, está recibiendo excelentes críticas. Te cuento: ella hizo de todo: el guión, la dirección, la interpretación y ayudó a buscar la financiación. No he visto toda la película, pero las imágenes que me llegan manan generosas.
Hay un momento del filme en el que recuerda a su abuela: “las aguas lo curan todo”. Al fin, la directora está muy unida a Verín, donde los manantiales brotan aquí y allá. Rodada en parte en Cabreiroá, donde existió uno de los mejores balnearios de este país. Mi generación diría: una película contestataria, incluso rompe con lo tradicional. Ella dice: “Mis amigas son mi familia”.
Excelente guion. La protagonista, golpeada por una ruptura amorosa, decide buscar refugio en donde fue feliz en su infancia. En la aldea. Los manantiales limpiarán sus heridas en un ritual físico y espiritual. El crítico Fernando Bernal, afirma que Ledicia “retrata el gesto ausente de la protagonista e incluso capta su sufrimiento”. Es una película valiente.
Hemos tenido grandes directores: Carlos Velo, Xavier Bermúdez, Eloy Lozano y el más grande, Antonio Román. Ledicia Sola es la primera directora femenina. Su película tiene buena pinta. Las ovaciones en su presentación presagian mucho bueno por venir.
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