Jorge Vázquez
SENDA 0011
La disciplina como motor de valor
LA OPINIÓN
Un poco antes de que el Sal Lence se convirtiese en el mejor equipo femenino y de que su jugadora por antonomasia, Bea Seijas, anotase el primer gol de la selección; Galicia ya había dirigido una revolución. El Egasa Chaston, equipo mayúsculo con apellido de discoteca, decidió trasladar los bailes al parqué para dominar el fútbol sala nacional una década antes. El líder de aquel escuadrón invencible era Vituco que, además de ser reconocido como el mejor jugador coruñés de la historia, dejó su huella indeleble en el encuentro iniciático de la selección con dos goles. Fue un 2 de abril de 1982 y España venció 2-4 a Italia en un IV Naciones de Holanda.
Cuarenta y cuatro años después, la selección se ha consagrado como una de las mejores del planeta, siendo en muchas ocasiones el rival a batir, con ocho cetros continentales y dos mundiales. Ese lugar le corresponde hoy a nuestros vecinos lusos. En los últimos ocho ejercicios, Portugal ha levantado dos Eurocopas y un Mundial, impulsada por el alumbramiento del mayor prodigio de los siglos: Ricardinho. El astro creó una escuela tan vasta como la de Atenas y sus discípulos se han convertido ahora en titanes. Por ello, la final de la Eurocopa de ayer fue un duelo hegemónico en el que el león rampante del escudo rojigualda enseñó las garras para reclamar su trono. España le endosó un set a Portugal, comandada por un chaval jienense que marcó tres tantos y un partido mastodóntico: Antonio.
A 10.000 kilómetros de la capital eslovena donde se disputaba la final de la Eurocopa, un gallego de Chantada llevaba a Indonesia a su cima. Porque en la lontananza de la orografía terrestre, la calidad de nuestro futbito siempre marca la pauta.
Sin embargo, en la convocatoria no figuraba pedigrí galaico alguno, aunque la lista de guerreros celtas que han sudado la camiseta ha sido cuantiosa. Poco después de Vituco, llegó su compañero del Chaston, el cancerbero Julio Fernández que también marcó un hito como el primer capitán. Y hablando de porteros, imposible olvidar al héroe de la Copa del Lobelle, el imbatible Toni Lodeiro. Antes estuvieron Santi Valladares y Javi Santos y, más tarde, llegaron David Pazos, Diego Quintela, Adrián Martínez o Pola, ganador de la última Eurocopa hasta el día de ayer.
Todos ellos y muchos nacieron de una pizarra gallega que aquí es tan importante como los que burlan el balón. A 10.000 kilómetros de la capital eslovena donde se disputaba la final de la Eurocopa, un gallego de Chantada llevaba a Indonesia a su cima. Porque en la lontananza de la orografía terrestre, la calidad de nuestro futbito siempre marca la pauta.
Héctor Souto es uno de esos virtuosos que trazan vectores en el 40x20 hasta dar con una nueva fórmula de todo lo que ya parece inventado. Forma parte de una generación de alquimistas oriundos que han llevado su visión dibujada en un tablero a los confines del mundo. Pablo Prieto y el propio Julio Fernández lo hicieron con Libia. Pulpis con Tailandia y Uzbekistán. Bruno García con Japón, Vietnam o Kuwait. Y dejaron la firma de “Galicia Calidade”.
Lo de Souto en Yakarta ha sido un bombazo. Llegó para impulsar al futsal indonesio y ha metido al país en su primera final de la Copa Asiática. En semifinales venció a un hueso como la tetracampeona Japón y, en la final, le esperaba la omnipotente Irán, que en esto del futsal sí tiene destrucción masiva: 14 veces campeona asiática y bronce mundialista en 2016. Irán solo consiguió vencer a la Indonesia de Souto en el décimo segundo penalti.
La hazaña de Souto no ha sido de oro, pero llevar a la agonía a una selección puntera con un equipo en maduración le ha valido el reconocimiento de medio mundo. Y es que la pizarra gallega, no solo se exporta internacionalmente para los tejados, sino también para los cimientos deportivos de cualquier territorio inteligente.
@jesusprietodeportes
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