Jorge Vázquez
SENDA 0011
La disciplina como motor de valor
TRIBUNA
Sole Giménez tiene una de las voces más bellas de la música española. Mientras escribimos estas líneas repaso sus éxitos con Presuntos Implicados: ¡cómo hemos cambiado! Con el tiempo todo es abandonado. Y cada beso que se dá, alguien lo abandonará. ¡Qué lejana queda ya esta canción! Fue el espejo de una época, igual que a lo largo de la historia muchas enfermedades lo han sido de la suya. En la Edad Media, por ejemplo, estuvieron de moda las grandes pandemias infecciosas.
En el siglo XIX debutaron las patologías derivadas de la industrialización. En el XX, las afecciones cardiovasculares fueron el paradigma de un mundo tremendamente acelerado, el que pasó de los primeros coches a las modernas naves espaciales, de la dinamita a la bomba atómica. Pero en pleno siglo XXI, cómo hemos cambiado, tanto las enfermedades como los pacientes. Aunque parezca lo contrario, las enfermedades actuales no son las mismas que ayer, tal y quedó demostrado con la pandemia de COVID-19. Antibióticos y vacunas, junto a los avances en salud pública y la biotecnología poco a poco están consiguiendo domar los salvajes potros patológicos. ¿Cuál es el resultado?
Son responsabilidad de patrones cotidianos como el sedentarismo, el estrés, el consumo de alimentos ultraprocesados, la sobrexposición a los contaminantes, el deterioro del sueño y la falta de descanso. Los epidemiólogos las escrutan con sus lupas.
Los viejos villanos están dejando su puesto a unos nuevos: las enfermedades crónicas y los trastornos ligados a estilos de vida poco saludables. La obesidad, la diabetes tipo 2, la hipertensión arterial, las enfermedades cardiovasculares y diversos tipos de cáncer constituyen ahora las principales causas de mortalidad. No se transmiten mediante bacterias ni virus. Son responsabilidad de patrones cotidianos como el sedentarismo, el estrés, el consumo de alimentos ultraprocesados, la sobrexposición a los contaminantes, el deterioro del sueño y la falta de descanso. Los epidemiólogos las escrutan con sus lupas. Pero negar las raíces sociales de tantos males sería una auténtica ingenuidad: el entorno urbano, el ritmo de trabajo, los medios de transporte y la tecnología diseñan un ecosistema que condiciona cómo vivimos y cómo enfermamos. ¡Cómo hemos cambiado nosotros, los humanos! Por regla general ahora somos más longevos, pero vivimos más rápido. Pasamos por la vida, pero ella no pasa por nosotros. Cada vez más bombardeados por todo tipo de estímulos, dormimos mal y comemos peor. No saludamos al vecino en el ascensor pero tenemos miles de anónimos amigos en las redes sociales. Nos enfrentamos indefensos a una epidemia silenciosa llamada soledad, como la cantante. Nuestra hiperactividad no tiene premio, pero sí castigo.
La salud mental, que durante décadas se mantuvo en segundo plano ocupa hoy un lugar central. Y sólo una cosa parece clara: nuestro futuro no depende solo de la medicina. Va siendo hora de tomar decisiones.
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